Comparado con la eternidad, cuatro minutos y veinte segundos no son nada. Ya sé que tenéis prisa, pero pararos este tiempo y dedicaros unos momentos simplemente a escuchar Jazz.

Cerrad los ojos, chasquead los dedos y seguid con la cabeza y los pies el swing que tiene este tema de Diana Krall; una buena recompensa a un ajetreado día de trabajo o de placer.

Gomas de nataLos recuerdos son como las musarañas, que escondidos esperan la mejor ocasión para asomarse y dejar sus pequeñas huellas en la tierra batida de nuestra memoria. Aparecen de manera inesperada y casi mágica; olores, imágenes, sabores, rostros que creímos olvidados, un color, un adiós, algunas que otras sensaciones.

Salía de comprar el pan – crujiente como cada domingo – y ella, que venía caminando de frente, sin mirar y apresurada, tropezó conmigo. Nos pedimos disculpas mutuamente – sonrojada ella, algo ausente yo – y un olor a perfume y a nata me invadió irremediablemente, venciendo el cálido calor del pan que surgía de la bolsa, dejando mis sentidos retozando en aquel olor a leche merengada y nieve batida y blanca. Luego la vi alejarse, tan deprisa como antes, sin saber que había despertado en mi memoria el recuerdo de aquellas gomas de borrar con aroma a nata, que en la niñez posábamos en nuestros pupitres y olíamos insistentemente mientras el maestro escribía la fecha del día en la pizarra.

Lo confieso: yo también fui uno de esos niños que alguna vez mordió una goma de nata, buscando el milagro de que su sabor fuera como lo era su aroma, y aprendí que a veces nada tiene que ver lo que uno parece con lo que uno es; como los recuerdos que – pequeñas musarañas de la memoria – aprenden a engañarnos, enterrando el dolor que en algún lugar quedó escondido, espera la mejor ocasión para asomarse. Esta vez no ha sido una de ellas. Lo mismo, aquel pequeño trozo de goma de nata que mordí en mi niñez ya borró el primer alfiler que se clavó en mi corazón una fría noche de mayo.

En memoria de Mario Benedetti. 

Podrá haberse apagado su vida, pero no su palabra. Esa suerte sólo la tienen los poetas irrepetibles.

 

Lunes, 6:00 a.m.

Los paisaje de Van GoghFueron imágenes sin palabras, los paisajes de Van Gogh aparecieron uno tras otros en la pantalla acompañados de violines y violas, creando un clima de cierta melancolía y un silencio poco común en aquella pequeña y madrugadora tasca. Algunos tomábamos café, otros, los más desesperados, aguardiente o ponche; sólo el taxista acariciaba una cerveza, mientras su amigo -el guardia jurado- jugaba a la maquinita del rincón, la de las manzanitas rojas, como siempre. Ramón, el camarero, se ataba el trapo al delantal mientras fumaba, y todos quedamos absortos mirando al televisor, contemplando la belleza de aquellos colores, de aquellos lienzos mágicos. Yo desvié la mirada disimuladamente para observarlos:… a los pintores con sus monos llenos de gotas blancas, al albañil con la cesta del almuerzo y las gafas rotas, al taxista, al guardia jurado de espaldas a su suerte, a Ramón ya cansado, a mí mismo… Todos absolutamente quietos, espectadores de las imágenes, como si alguna mano maestra también nos hubieran pintado a nosotros. Fue entonces cuando comencé a pensar en las últimas rosas que tuve en mis manos antes de regalarlas, y en la otra persona que también soy yo cuando me dejo,… y ahora me pregunto en qué pensarían los otros en aquellos minutos que duró ese inmenso paseo por los paisajes de Van Gogh.

 A mi amigo Antonio López Luna, inspirador de esta historia.

 

la-sombra-de-peter-pan1Olga comenzó a andar hace unos meses. Al principio titubeaba –como lo hicimos todos- hasta que poco a poco fue afianzando sus pasos y ahora corre como una gacela sobre el asfalto. Algunas veces se cae y sus lágrimas brotan como símbolos de su pequeño fracaso, pero lo olvida enseguida, lo destierra de su mente como si nunca hubiera pasado; ojalá mantuviera ese espíritu siempre

Hace unos días, mientras esperaba en el patio del colegio la salida de su hermana Clara (su Tata), descubrió su sombra. Estaba allí delante de ella, profundamente negra, y comprobó cómo ésta se movía con cualquiera de los guiños de su pequeño cuerpo; nunca la abandonaba. Luego jugó a intentar pisarla, corría y corría por el inmenso patio intentando pillarla en un renuncio… No lo consiguió nunca, pero reía, sonreía con su nueva e inesperada amiga que la acompañaba en sus juegos. Yo, dada la velocidad que cogió en su vuelo, la llamé de lejos… ¡Olga, ven para acá, anda!, y ella vino hacia mí, como lo hace siempre, con los brazos abiertos, las coletas, y mirando al suelo precipitadamente. Cuando llegó a mi altura, subió la cabeza, sorprendida, asustada diría: su sombra ya no estaba delante de ella -el sol le daba de frente- ¿One etá?, preguntó, y yo la abrace sonriente, con todo el amor que cabe en mi pecho, y le dije que sería Peter Pan quien la habría cogido, y que por la noche se la devolvería intacta nuevamente.

Pasaron las horas, ella olvidó su sombra, y tras la cena se quedó dormida atada a su chupe por el meñique izquierdo. Durmió como los ángeles y os aseguro que escuché su risa entre sueños. A la mañana siguiente, Olga despertó como siempre a la voz de Tata y El bibi, intentando paliar sus primeras urgencias. Luego posó sus pies en el suelo y reconoció su sombra reflejada con las primeras luces de la mañana. ¡Ahí etá!, me dijo, como si hubiera entendido que Peter Pan cosió de nuevo su sombra a las suelas de sus zapatillas rosas, y lo que no sabe es que Campanillas le hizo cosquillas en la nariz, con sus alitas de libélula-hada. Pero esa ya es otra historia que algún día le contaré, quizás mañana.

Águilas de piedra

con libros en las manos

leen mis versos.

No estoy solo.

 

Y al escribir mi nombre

tímidamente,

caen trozos de tiza

sobre mis pies.

No estoy solo, me digo.

 

Tinta de pared,

cristales de cal,

lágrimas de trazo oscuro.

 

No estoy solo

porque el pulso

rompe la piel a diario

y remueve las líquidas vértebras

de mis manos,

y las horas pasan

y tienen final

en la bucólica noche

de los ciegos.

 

No estoy solo

en este urbano desierto

que soy,

aunque no haya agua,

aunque no haya oasis,

ni voces que te avisen del abismo,

no estoy solo.

 

Águilas de piedra

me acompañan

con libros en las manos

y en sus picos

gotas de agua olvidada

de otro tiempo

que aún no ha llegado.

 

 

Aún sueño con tus ojos 1

 

 

Aún soñamos con tus ojos tremendamente abiertos, queriendo descubrir el mundo mucho antes de que llegaran nuestros labios a tu carita recién nacida. Bajo la lamparilla de calor de la misma sala donde naciste, creímos adivinar tu primera sonrisa y esa imagen se quedó con nosotros para siempre. Hoy, que cumples diez años, queremos darte el mismo beso de aquel día, en los mismos ojos que aún nos enamoran a cada mirada.

 Aún sueño con tus ojos 2

 

Feliz cumpleaños, princesa, que sea el día más feliz de tu vida, y también mañana, y el otro, y el otro… ¡Te queremos tanto!.

el-olvido-de-uno-mismo1Nuevamente me levanto, y me acomodo en mi silla de la noria de los días cotidianos. En el centro, el tiempo hace girar con su manivela este carrusel que me parece interminable, y apenas hay distancia entre lo que hice ayer a esta misma hora y el paisaje que ahora contemplo frente al espejo. La rutina no conoce más olvido que el de uno mismo.

Sé que estoy llorando, y mis lágrimas son palabras que caen al vacío del silencio y la memoria, son los versos que se ahogan en el agua y se disuelven con la espuma de afeitar que acarició mi rostro, apenas hace un rato. El aroma del café recompone los recuerdos, me ayuda a organizar mi agenda, y a repasar minuciosamente cada frase escrita en mi cuaderno de bitácoras. Te quiero, es la única certeza que tengo mientras espero apoyado en la pared -de nuevo espero- el autobús que me lleva puntualmente al trabajo. Es martes, o lunes, o jueves, ya eso apenas importa. Sólo un silbido del azar, un segundo que huya de su tiempo, puede hacerme nacer otra vez tímidamente.

Veo despegar un avión, elevarse sin miedo, y con mis ojos alcanzo a seguirlo hasta el horizonte. Me he ido en él, ya no existo, he bajado un instante del carrusel de olvido, y he visto desde el cielo lo cercano que está el abismo del lugar donde habito. Un mal paso, un descuido quizá, y la noche se convierte en la única luz posible y eterna. Sólo al mirar tus ojos intuyo que la soledad no me visitará nunca y que en tus besos está ese silbo que me hace olvidar el olvido de uno mismo.

Trescientos niños han muerto desde la invasión de Israel al pueblo palestino, más de mil vidas interrumpidas de pequeños desde el año 2000 por el ejército israelí. Los indolentes justifican este horror, esta guerra, este odio y hacen gala del olvido; a los diez minutos de su discurso, ya apenas lo recuerdan. Si yo fuera Dios, o el dueño del Universo, les daría a todos ellos una vida placentera y tras su muerte, los reencarnaría en cada uno de los niños que tiran piedras contra tanques de hierro unos segundos antes de que los alcance una bala; justo así, unas mil veces, y luego les volvería a pedir una opinión.

 

Lluis Llach (1988) - Palestina

Cada mañana me levanto, casi a ciegas, buscando esa pequeña libreta azul que me dice lo que tengo que hacer cada hora. Apenas me deja un segundo de descanso. En ocasiones -pienso- que entre sus líneas blancas está escrito el argumento de mis sueños. Y es que esa libertad con la que siempre soñé cada vez está más lejos de mis manos. El tiempo y el camino que yo mismo voy trazando, me apartan a cada paso de ella, la deshacen, llora de frío como aquel pinchón de nieve al que José Hierro escribió uno de los poemas más bellos del mundo. Mis amigos y algunos familiares me dicen que la única forma de hacerme hacer las cosas es bajo presión, y es cierto; las hago, probablemente bien, pero no disfruto ni un átomo de ellas, no encuentro más motivación que quitarme esa carga pesada de encima de tener cosas pendientes, tacharla de mi puta libreta azul y buscar la siguiente… Porque sólo puede disfrutar uno y sentirse realizado con lo que hace uno cuando quiere hacerlo y no cuando esta ley del más fuerte (físico o mental o social) lo impone. Supongo que mi eterna cobardía, o mi torpeza (a los que muchos ya casi halagan), me harán arrastrar este ancla clavada en el fondo del mar hasta los últimos días de mi vida, hasta que llegue ese instante en que uno ve con claridad absoluta que todo fue mentira y la única verdad está cada vez más cerca.

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