La noche se ha convertido en divertida de repente, como ocurren todas estas cosas. De repente, he notado el olor a rosas que llega a la mesita de noche, he escuchado pasear a algunos coches y he pesando lo felices que son algunos con tan sólo hacer ruido; deben sentirse más hombres, supongo. La franela de las sábanas vaticina mi destiempo y que aún me queda por dormir más de media noche; qué paz y qué sosiego da saberse por unas horas muerto, con la absoluta certeza de que vas a resucitar. Pero antes de abrazar a Morfeo y besar amablemente la mano de Iris, juego a escuchar mi silencio, el sonido de la respiración, el crepitar de las luces de invierno, la estrategia de los espejos para el día siguiente, las gotas de rocío agolpándose en el cristal de la ventana, la inercia de las estrellas y sus pronósticos en las hojas del Zodiaco. La noche se ha convertido en divertida de repente, puede ser la primera de un nuevo año.

Feliz 2012 a todos.

Hoy he vuelto a mi blog como si fuera un extraño, alguien de paso que se asoma a la ventana de una vieja casa, abandonada hace meses.  Las sábanas cubren los muebles y un halo leve de polvo pulula sobre las lámparas y los papeles de la mesa. He encontrado las llaves, después de hurgar en los bolsillos del silencio, y he abierto la puerta pensando que ya era hora de hacerme una visita. Yo no estaba allí, no vivía en aquel lugar desde hacía tiempo y se notaba. Anduve de cuarto en cuarto repasándolo todo, debatiéndome entre el miedo a perderme y la indiferencia, como si todo aquel legado ya no fuera mío sino de otros. Y al final, sentado en el sillón que nunca tuve, abro una botella de Perpignan y, a sorbos, decido que aún no he muerto, que tengo unas terribles ganas de respirar.

Cosas que pasan un domingo cualquiera.

 

Todavía

huelen mis manos

a jabón de albahaca.

Tantas horas

dejaron rastros, huellas,

señales imborrables

que ya me incriminan

para siempre,

que podrías utilizar contra mí

si alguna vez negara

que te he tenido.

 

Pero eso

no pasará,

mis dedos son

hierros que marcan

estelas de esa flor

a cada lado de la piel,

inevitablemente.

 

No digo que no rompas

el orden del ocaso,

que no arranques la luna

de su sitio

y la enfrentes al sol

hasta que se rinda.

 

No digo que no enciendas

la noche

y vigiles su silencio;

lo único que pido

es que dejes para mí

el último instante.

 

Llévame contigo,

-llévame ahora-

llévame a donde sea

calina y viento del sur,

mi aliento.

 

Llévame

a las horas deshiladas de la noche,

y viérteme al mar

en las olas de luna blanca.

 

Llévame entonces

a donde no quede

nada de mí

y luego

duerma y respire

para siempre a tu lado.

 

Llévame y así

seré todo el destino

un ir y venir

sin remedio.

Tonos rosas:

la saliva se divierte

pintando hebras de sangre.

No pude evitar

morder tus labios

como una fruta fresca,

madura, irresistible.

Hoy -esta noche, ahora que vuelvo- giro la cabeza a ese pequeño rincón de mi casa que, a veces, habito y, otras, desalojo de espantos; que rompo con el aire del levante, que aireo a bocanadas de suspiros,  o  descorro las cortinas para que entre el sol y alimente las semillas de la noche, y pido al dios de las flores que crezcan jazmines de risa en los tiestos del verso.

Hoy –en este instante- solayo la palabra, y abro la puerta a halos de esperanza que, a dentelladas, me visita y urga en los lazos que desmenuza breves muecas de felicidad inesperada. Trato de recordar qué ha provocado este instante, de revivir –de rebeber- ese elixir que embriaga los ojos, y lo único que recuerdo es la entrañable imagen de Clara decorando con rotuladores un cojín desvencijado, a Olga persiguiendo un pez de plástico con un vaso de papel hasta alcanzarlo, y a mi mujer, María Jesús, posando tres galletas de canela sobre una servilleta –blanca como la nieve- y ofreciédomelas como un tesoro inigualable, como lo es su risa. Yo –al igual que vosotros- me pregunto cada mañana en qué consiste esto de la vida, y a cada paso descubro que es sólo un color, un trazo en un único lienzo: el de tu experiencia. Visto desde el universo, desde la más lejanas de las estrellas, nadie presta atención a él, pero así, de cerca, desde la mirada de quienes les importas, es el trazo mágico que lo llena todo, que remata la obra de tu existencia, de la que, probablemente, siempre desconoceremos el autor.

Abro la ventana y respiro, y pienso: otro día más regalado. Otro color para el recuerdo.

        

La noche,

y su silencio,

y su incertidumbre,

y su misterio,

son, a tu lado,

aromas de jazmines negros.

        

Romper el cristal que, invisiblemente, nos protege

como a la rosa del cuento.

Martillear el exterior,

abrir un hueco por donde respirar

un aire distinto.

Ver el paisaje,

sentir el paisaje,

sin filtros,

sin láminas transparentes que ocultan

el verdadero color de tu pelo.

Abandonar el papel vegetal,

rasgar el lienzo sutil de la palabra,

atravesar lo invisible,

llegar a tocar tu rostro tal y como es.

Sacar el pañuelo

y limpiar la noche,

encender las estrellas

como si fueran velas con aroma a malva..,

y dormir en paz sabiendo

que ahora sí tenemos a mano

todo el universo.

Todo en la vida es azar y tiempo, y de ninguna de las dos cosas somos los dueños. Tan sólo nos queda –en el primer caso- confiar en la suerte de estar en el sitio adecuado y en el momento concreto, porque lo que tiene que pasar, pasará sin duda (con nosotros o sin nosotros); y en lo segundo, aprovechar cada minuto de nuestra existencia y solicitar una tregua, negociar un aplazamiento del final con quien corresponda,  si es que ese silencio infinito tiene algo que decir al respecto, que me da que no.

Esta tarde, mientras veía el documental “José y Pilar” (que os recomiendo), un zumbido distorsionaba el sonido de la película: dos pequeñas avispas –jugueteando a hacer el amor- habían entrado por la ventana y andaban de un lado a otro de la habitación tropezando con cada libro, con cada mueble, enredadas en las hebras de las cortinas desvencijadas.

Las observé un rato, tratando de averiguar sus intenciones, pero no solicitaban más que tiempo; el preciso para terminar de copular amablemente a los rayos del sol que nos acompañaban. El azar les dio la oportunidad de disfrutar de ese instante y no desaprovecharon su tiempo. Probablemente no volverán a verse nunca más y será, para ellas, un idilio olvidado.

Tan sólo yo, testigo fortuito de este encuentro, retengo en mi memoria esos besos avispados y los aleteos buscando la salida al terminar, huyendo de mi guarida sin apenas despedirse. Fueron el  tiempo y el azar, los que convirtieron ese breve minuto de sus vidas en este texto que ahora os cuento, y que no tiene ninguna importancia.., pero, ¿qué hacemos entonces aquí si no, nosotros, los que buscamos que nuestros sueños tengan, al menos, una existencia literaria?

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