Vienen del mar descuidadas gotas de invierno,

pinceladas de agua que no eligen destino, ni camino, ni nube,

que se instalan en mi sombra, sin permiso, y recuerdan

otras gotas que fueron

trazos de tu nombre en mi ventana.

 

Esa lluvia sitiada en este patio,

que acurruca la sal de alguna lágrima

que arribó al mar sin saberlo,

dibuja en el barro mi rostro y mi memoria,

y se deja pisar por las botas del niño

que ya he olvidado.

 

Voy despacio,

alivio mi peso sobre la tierra empapada,

temeroso de quebrar la vasija que conformo

y sentir el frío de ver mi sombra rota,

y cómo vacía su llanto en las aceras

el árbol deshojado por tu mirada.

 

Estas gotas son

jirones de lluvia que roban al mar, a veces,

escamas del corcel azul de las sirenas,

y anudan, con hilos invisibles,

las nubes a las casas

como globos grises que despiden la niñez

hasta mañana, o hasta siempre.

Son silbidos del viento que aconsejan

no despedir el frío con sábanas blancas,

ni con pañuelos tendidos

en las horas solitarias del salón.

 

He vuelto a la tierra y he encontrado

versos de agua escritos

con estas frías gotas de invierno,

estos días de lluvia interminables.

 

In memoriam de Vicente Aleixander, de quien hoy hace 25 años del día de su muerte. Sirva este poema suyo como breve homenaje a uno de los poetas más importantes que ha tenido nuestra literatura.

 

 

Así besándote despacio ahogo un pájaro,

ciego olvido sin dientes que no me ama,

casi humo en silencio que pronto es lágrima

cuando tú como lago quieto tendida estás sin día.

 

Así besándote tu humedad no es pensamiento,

no alta montaña o carne,

porque nunca al borde del precipicio cuesta más el abrazo.

 

Así te tengo casi filo,

riesgo amoroso, botón, equilibrio,

te tengo entre el cielo y el fondo

al borde como ser o al borde amada.

 

Tus alas como brazos,

amorosa insistencia en este aire que es mío,

casi mejillas crean o plumón o arribada,

batiendo mientras me olvido de los dientes bajo tus labios.

 

No me esperéis mañana -olvido, olvido-;

no, sol, no me esperéis cuando la forma asciende al negro día creciente;

panteras ignoradas -un cadáver o un beso-,

sólo sonido extinto o sombra, el día me encuentra.

 

Vicente Aleixander

(Mañana no viviré, del libro La destrucción o el amor)

Esa niebla persistente

Cada ciertos pasos, aparece en mi cabeza esa niebla persistente que no me abandona nunca, ni me deja ver el horizonte. Soplo, inconscientemente soplo, e intento deshacerla, atisbar las sombras que huyen de mí si intuyen mi mirada. Cierro, entonces, los ojos y busco un lugar profundo donde dormitar en silencio entre los brazos de mi padre, y allí me relajo, sintiendo su fuerza acurrucándome y sus besos en mi coronilla deshabitada. Y me parece escuchar aquel te quiero que no me dijo nunca. Y me parece, al fin, recordar la luz que decora la mañana.

                                   Granos de azúcar      

                                                    La idea es sencilla:
                                                    tú surges de la nada cada mañana
                                                    y yo te borro nuevamente,
                                                    como huellas de azúcar
                                                    sobre la mesa.

                                                    Así parecerá todo
                                                    un visto y no visto,
                                                    y sólo quedarán dulces atisbos de tu nombre,
                                                    que retirarán las hormigas,
                                                    grano a grano, en la madrugada.

Oleaje

Adornando tus cejas arqueadas,
justo antes de que encienda la noche
la oculta cerilla de tu camisón,

hay olas hermosas que buscan
arrancar al aire y a la roca,
espuma y gemido, o viceversa.

Tanto tiempo hacía
que la luna de agosto
no me miraba inquieta,
que olvidé
cómo sabe la vida
en esta gotita intacta
que vagamente te ciega.

La última luz del salónApago la última luz del salón y vierto un poco más de cava en la copa con la que brindé, unas horas antes, por haber esquivado la sombra que a veces nos recuerda el color de los ojos de la muerte. Es tarde, muy tarde, me siento en el sillón relax y cambio de canales de televisión sin apenas detenerme más de cinco segundos en ellos. No sé muy bien ni qué busco ni qué quiero hacer antes de acostarme. La noche es extremadamente calurosa. Suenan las chicharras y las ramas del árbol que oculta mi ventana apenas se mueven; el viento también abandonó mi casa. Cansado, apago el televisor, apuro de un trago la copa y adivino a lo lejos tenues explosiones de fiesta, cierro los ojos y llegan los recuerdos…

La noche de Santa Ana mi padre preparaba en la azotea de la casa algunos colchones y alfombras para contemplar acostados los fuegos artificiales que anunciaban el final de la Velá de Triana. Nosotros –mi hermana y yo- éramos pequeños y vivíamos cerca, muy cerca de la fiesta, casi podíamos tocar el río con la mirada. Aquella noche era distinta; todos los vecinos subíamos a disfrutar de aquella especie de odisea galáctica de fuegos de mil colores. El ruido era enorme y parecía que se iba a desplomar el cielo… Es de esas cosas que uno no olvida en el resto de sus días. Luego vinieron otros recuerdos: los pimientos asados que hacía mi madre, las avellanas verdes, el olor de las moñas de jazmín, la luz de la Giralda en la ciudad a oscuras, el abrazo interminable de mi padre.

Tras el último estruendo vuelve el silencio a la noche, las chicharras retoman su melodía y yo descubro una lágrima cerca de mi boca. He debido llorar sin darme cuenta. Traspasado el umbral de los cuarenta los recuerdos permanecen siempre atentos para sorprendernos en los momentos más débiles. Cosas que pasan.

Comparado con la eternidad, cuatro minutos y veinte segundos no son nada. Ya sé que tenéis prisa, pero pararos este tiempo y dedicaros unos momentos simplemente a escuchar Jazz.

Cerrad los ojos, chasquead los dedos y seguid con la cabeza y los pies el swing que tiene este tema de Diana Krall; una buena recompensa a un ajetreado día de trabajo o de placer.

Gomas de nataLos recuerdos son como las musarañas, que escondidos esperan la mejor ocasión para asomarse y dejar sus pequeñas huellas en la tierra batida de nuestra memoria. Aparecen de manera inesperada y casi mágica; olores, imágenes, sabores, rostros que creímos olvidados, un color, un adiós, algunas que otras sensaciones.

Salía de comprar el pan – crujiente como cada domingo – y ella, que venía caminando de frente, sin mirar y apresurada, tropezó conmigo. Nos pedimos disculpas mutuamente – sonrojada ella, algo ausente yo – y un olor a perfume y a nata me invadió irremediablemente, venciendo el cálido calor del pan que surgía de la bolsa, dejando mis sentidos retozando en aquel olor a leche merengada y nieve batida y blanca. Luego la vi alejarse, tan deprisa como antes, sin saber que había despertado en mi memoria el recuerdo de aquellas gomas de borrar con aroma a nata, que en la niñez posábamos en nuestros pupitres y olíamos insistentemente mientras el maestro escribía la fecha del día en la pizarra.

Lo confieso: yo también fui uno de esos niños que alguna vez mordió una goma de nata, buscando el milagro de que su sabor fuera como lo era su aroma, y aprendí que a veces nada tiene que ver lo que uno parece con lo que uno es; como los recuerdos que – pequeñas musarañas de la memoria – aprenden a engañarnos, enterrando el dolor que en algún lugar quedó escondido, espera la mejor ocasión para asomarse. Esta vez no ha sido una de ellas. Lo mismo, aquel pequeño trozo de goma de nata que mordí en mi niñez ya borró el primer alfiler que se clavó en mi corazón una fría noche de mayo.

En memoria de Mario Benedetti. 

Podrá haberse apagado su vida, pero no su palabra. Esa suerte sólo la tienen los poetas irrepetibles.

 

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