Seguro que era un buen día. El carrito de compras estaba repleto hasta los bordes y anunciaba un peso que era difícil de arrastrar, pero la energía que da el abandono del desaliento la ayudaba a empujarlo, y parecía volar sobre el asfalto con aquel manojo de hierros, chapas, tubos de escape y grifos rotos de Dios sabe dónde. Aquella mujer rondaría los cuarenta años –mi edad- y su vieja falda de colores, sus chanclas rotas y el pelo rubio desordenado me decían que no había tenido la misma suerte que yo en la vida. La ví venir de frente y por un instante se cruzaron nuestras miradas,… unos ojos intensos azules y cansados me dijeron “yo soy tú, no lo olvides, aunque aún no lo sabes”. Pasó a mi lado, la oí alejarse con el ruidoso choque de los metales, probablemente con el alivio de saber que aquella noche dormiría con algunos euros en las manos. Seguro que era un buen día. Seguro que también lo será mañana. Y yo pensando en mis poesías… ¡ay, Dios!.

Agosto 21, 2008 at 5:31 pm
Si el dolor nos atrapa,
es que estamos vivos,
y si es así,la herida
no dejara de sangrar.
El alivio es romo
y la punta hiriente.
Un beso de vida, Hermano Poeta. Es un placer
continuar en la senda donde el polvo se adhiere a la piel y se comparte en los abrazos.
Ya hablaremos, pero podíamos pensar en unir la creatividad poética y la solidaridad. Si te parece, y ya que tenemos pendiente una cervecita con caracoles, voy a remitirte un correo electrónico para contrastar puntos de vista y ver posibilidades de degustar un caldito picante….
Hay pendiente una ruta poéticagastronómica. En cuanto confirme calendario te hago partícipe.
Gracias por estar ahí.
Pedro Luis Ibáñez Lérida.
Agosto 28, 2008 at 9:41 am
Querido amigo, gracias por tus palabras, y espero ese e-mail donde comenzar otra nueva aventura. Ya caracoles no hay, pero quedan miles de cosas que degustar. La poesía comprometida es nuestra arma: pensemos en esa unión poética y solidaria a ver qué frutos nos da.
Un abrazo.