La idea es sencilla:
tú surges de la nada cada mañana
y yo te borro nuevamente,
como huellas de azúcar
sobre la mesa.
Así parecerá todo
un visto y no visto,
y sólo quedarán dulces atisbos de tu nombre,
que retirarán las hormigas,
grano a grano, en la madrugada.