Poesía


                                   Granos de azúcar      

                                                    La idea es sencilla:
                                                    tú surges de la nada cada mañana
                                                    y yo te borro nuevamente,
                                                    como huellas de azúcar
                                                    sobre la mesa.

                                                    Así parecerá todo
                                                    un visto y no visto,
                                                    y sólo quedarán dulces atisbos de tu nombre,
                                                    que retirarán las hormigas,
                                                    grano a grano, en la madrugada.

Oleaje

Adornando tus cejas arqueadas,
justo antes de que encienda la noche
la oculta cerilla de tu camisón,

hay olas hermosas que buscan
arrancar al aire y a la roca,
espuma y gemido, o viceversa.

Tanto tiempo hacía
que la luna de agosto
no me miraba inquieta,
que olvidé
cómo sabe la vida
en esta gotita intacta
que vagamente te ciega.

Águilas de piedra

con libros en las manos

leen mis versos.

No estoy solo.

 

Y al escribir mi nombre

tímidamente,

caen trozos de tiza

sobre mis pies.

No estoy solo, me digo.

 

Tinta de pared,

cristales de cal,

lágrimas de trazo oscuro.

 

No estoy solo

porque el pulso

rompe la piel a diario

y remueve las líquidas vértebras

de mis manos,

y las horas pasan

y tienen final

en la bucólica noche

de los ciegos.

 

No estoy solo

en este urbano desierto

que soy,

aunque no haya agua,

aunque no haya oasis,

ni voces que te avisen del abismo,

no estoy solo.

 

Águilas de piedra

me acompañan

con libros en las manos

y en sus picos

gotas de agua olvidada

de otro tiempo

que aún no ha llegado.

 

 

 cada-vez-mas-cerca1

 

Me adelantas en vida.

Tu corazón late

como timbal en la selva

que llama a la lluvia,

y yo sé que el amor…

 

Derramarás lágrimas

esparcidas en la arena,

te digo sin palabras.

 

Y de lejos el tam-tam

que lo árboles protegen

te anuncia,

hasta el día que ya está

cada vez más cerca.

El 27 de noviembre hará diez años que murió la poeta Gloria Fuertes. Para muchos es una voz en el recuerdo de la niñez, para otros su poesía no era -es- una poesía eterna. Para mi, que encontré sus poemas más íntimos pocos días después de abandonar mi niñez, es –era- y será una poeta de las que no quiero olvidar. Os dejo su poema Isla ignorada, leedlo con tranquilidad, con detenimiento, sin más prisa que la que marque el ritmo del verso, y descubriréis que está hablando de cada uno de nosotros.

 

  

 

                                                                ISLA IGNORADA

 

Soy como esa isla que ignorada

late acunada por árboles jugosos

-en el centro de un mar

que no me entiende,

rodeada de NADA,

sola solo-.

Hay aves en mi isla relucientes

y pintadas por ángeles pintores,

hay fieras que me miran dulcemente,

y venenosas flores.

Hay arroyos poetas

y voces interiores

de volcanes dormidos.

 

Quizá haya algún tesoro

muy dentro de mi entraña.

¡Quién sabe si yo tengo

diamante en mi montaña,

o tan sólo un pequeño pedazo de carbón!

Los árboles del bosque de mi isla

sois vosotros, mis versos.

¡Qué bien sonáis a veces

si el gran músico viento

os toca cuando viene del mar que me rodea.

 

A esta isla que soy, si alguien llega,

que se encuentre con algo es mi deseo

-manantiales de versos encendidos

y cascadas de paz es lo que tengo-.

Un nombre que me sube por el alma

y no quiere que llore mis secretos;

y soy tierra feliz -que tengo el arte

de ser dichosa y pobre al mismo tiempo-.

 

Para mí es un placer ser ignorada,

isla ignorada del océano eterno.

En el centro del mundo sin un libro,

SÉ TODO, porque vino un misionero

y me dejó una Cruz para la vida

-para la muerte me dejó un misterio-.

                                                                  sillas-rotas

                                                                

                                                                  Te vistes

                                                                  con recodos de nubes de las tormentas.

                                                                  Piensas que vencer

                                                                  es romper el mar con el rayo

                                                                  y verter tsunamis de voz

                                                                  sobre mi palabra.

                                                                  Y no sabes qué, en la calma,

                                                                  quedan trozos, sillas rotas

                                                                  en las que nunca volveré a descansar.

 

 

Esa luz..,

lágrima blanca

que de entre las nubes nace

y toca el mar;

húmeda piel 

de la naranja amarga

donde habito.

La tarde olvidó muy pronto la tormenta y un arco iris infinito asomó por los tejados del Cortijo del Alamillo. Las flores de las macetas aún derramaban las gotas de lluvia, y el aire olía a la tierra mojada; parecía primavera. En el escenario terminaban de asegurar el cartel de fondo que había arrancado el viento… Las rosas de Juan Ramón, con la imagen del poeta junto a su amada Zenobia. Clara estaba emocionada -no nerviosa- y su mirada pizpireta seguía cada movimiento mío en la silla de madera. Migue ya había afinado la guitarra que esperaba, junto a la escalerilla, la llegada de la poesía. Y llegó la poesía. Subimos al escenario, la noche ya estaba adornada por la luna llena, y tras mis primeras palabras Clara leyó el poema Novia del campo, amapola, acompañada de una soleá lejana. Todo era silencio. La magia blanca de la poesía había dibujado lágrimas en algunos de los rostros y un recuerdo imborrable en nuestra agenda de los días felices. Esa imagen que quiero compartir ahora con todos vosotros. Esa imagen que es para mi un regalo del tiempo.

 

Te diré lo que sueño cuando vuelvas

del lugar donde rompes con el silbo

el aire oscuro, la palabra,

la cara oculta de tu rostro.

 

Te diré lo que sueño, lo que anhelo

en las horas dormidas, pasajeras,

en el tiempo de luna, de la espera,

de la muerte diaria y lazariana.

 

Te diré lo que sueño cada noche,

cada vez que me oculto en el silencio,

y mi voz no respira y se hace lenta

en el breve espacio de mi boca.

 

Te diré lo que sueño y sus tristezas,

el elixir amargo de mis labios,

la victoria incierta de mis versos,

el devenir plagado de intenciones.

 

Te diré lo que sueño, no te inquietes,

conocerás las sombras de mi almohada,

porqué despierto y busco el día,

cuando es aún de madrugada.

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