Poesía


 

Te diré lo que sueño cuando vuelvas

del lugar donde rompes con el silbo

el aire oscuro, la palabra,

la cara oculta de tu rostro.

 

Te diré lo que sueño, lo que anhelo

en las horas dormidas, pasajeras,

en el tiempo de luna, de la espera,

de la muerte diaria y lazariana.

 

Te diré lo que sueño cada noche,

cada vez que me oculto en el silencio,

y mi voz no respira y se hace lenta

en el breve espacio de mi boca.

 

Te diré lo que sueño y sus tristezas,

el elixir amargo de mis labios,

la victoria incierta de mis versos,

el devenir plagado de intenciones.

 

Te diré lo que sueño, no te inquietes,

conocerás las sombras de mi almohada,

porqué despierto y busco el día,

cuando es aún de madrugada.

 

Si me miras,

savia de tus ojos

me da vida.

Y en ese ir y venir

de tu mirada,

sé que soy tú

cada mañana.

 

Dime si el camino de la vida

va en el mismo sentido que del tiempo,

pues, cuanto más pasa, más vuelvo

hacia mí y a mi punto de partida.

 

Si ese devenir de lo que quiero

y no puedo, no es más que el destino,

que ya está trazando mi camino

y que, cuando lo alcance todo, muero.

 

Y si esa soledad que nos libera

aparece en el justo momento

y en el mismo lugar que el nacimiento,

y nos hace vivir en una rueda.

 

Me olvido

de las sombras alienígenas

que me absorben la memoria,

y canto junto al oscuro silencio

que se ha instalado a mi lado.

 

Quiero romper

ese papel de cristal opaco

que cubre las palabras,

y no consigo más

que el niño que llora

con la urgencia del pan

y la miga del hambre.

 

No sé gritar,

no lo he hecho nunca,

y sólo lanzo el aire angustiado

del pobre cantor

que ya no canta,

y las sombras del mal

me cercan y me abrazan

y me parten en pedazos,

que luego se reparten

entre risas y risas

y dentelladas.

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