Reflexiones


A veces,… ¿verdad?

uno tiene vistas al mar

y sólo ve el abismo.

 

“El espacio literario es hoy el único que muestra mundos y lenguajes distintos de los que se nos imponen. La literatura es la única alternativa a las tiranías cotidianas”.

Enrique Vila-Matas

No espera nadie mis palabras, las que vagamente surgen de mi mente y huyen despavoridas de mi cuerpo con la sensación de no haber recaudado estos días nada interesante que decir, nada que contar. El verano se aleja, la calidez de las primeras horas de la mañana ya se desvanece en mis recuerdos y enfrento hoy mis ojos a ese mundo, no imaginario, escrito día a día por mí y para mí: mi autobiografía cotidiana.  Nadie espera que yo escriba, que hable, que rompa mi voz el silencio, que rasgue la piel de este blog con mis tatuajes tecleados. Nadie persigue mis palabras, ni las colecciona, ni las recuerda, ni les apasiona, ni las canta. Tan sólo una voz profunda, un silbido interior se aproxima y me llama para decirme que hoy ya está bien de soñar que no soy yo quien te dice que se acabará el mundo quizás hoy o mañana.

 

Seguro que era un buen día. El carrito de compras estaba repleto hasta los bordes y anunciaba un peso que era difícil de arrastrar, pero la energía que da el abandono del desaliento la ayudaba a empujarlo, y parecía volar sobre el asfalto con aquel manojo de hierros, chapas, tubos de escape y grifos rotos de Dios sabe dónde. Aquella mujer rondaría los cuarenta años –mi edad- y su vieja falda de colores, sus chanclas rotas y el pelo rubio desordenado me decían que no había tenido la misma suerte que yo en la vida. La ví venir de frente y por un instante se cruzaron nuestras miradas,… unos ojos intensos azules y cansados me dijeron “yo soy tú, no lo olvides, aunque aún no lo sabes”. Pasó a mi lado, la oí alejarse con el ruidoso choque de los metales, probablemente con el alivio de saber que aquella noche dormiría con algunos euros en las manos. Seguro que era un buen día. Seguro que también lo será mañana. Y yo pensando en mis poesías… ¡ay, Dios!.

Dejo su pequeño cuerpo sobre las sábanas y me echo a su lado a contemplar la luna de su cara. Un suspiro aún sale de sus labios y deja caer sus manitas hacia atrás, entregada a la noche y al calor del verano. Suenan a lo lejos platos chocando en fregaderos anónimos que maldigo. Entonces, siento una mano que besa mi hombro y que, con voz invisible, me dice… un día más, descansa.

Cuando nos llega el miedo a equivocarnos, a haber errado antes -ya sin remedio- y miramos hacia atrás y nos reconocemos más dichosos que ahora, y si la vista busca el horizonte y una niebla espesa no nos deja ver dónde acaba el mar, y su calor nos impide reconocer los aromas, degustar el vino, escuchar el silencio, y un cúmulo de preguntas se nos caen de las manos sin una respuesta aunque no fuera válida.., entonces el tiempo de la incertidumbre nos ha llegado.

Porque puede que venga de allá, de muy lejos, de visitar a otros, y esté cansado de tanto viajar, y busque los huesos de nuestro hombro para hablar al oído de cosas cercanas, o pasajeras, o de la locura de nuestra existencia. O porque puede que quiera jugar con nosotros a explorarnos por dentro, a encontrar las heridas que tenemos abiertas y hacernos lamer sus hilos de sangre como si fuéramos perros atropellados. Porque puede que sea el disfraz del final de una historia, o sea la luz de un comienzo que aún no conozca el ritmo del tiempo. Porque puede que la lluvia le haya hecho daño y quiera vengarse en nuestras lágrimas. O porque quizás sea feliz en su interrogante y quiera borrar la tristeza de nuestras certezas. Porque sepa que el miedo a equivocarnos nos hace más hombres y dejamos a un lado lo que no es necesario. O porque quiera que Ulises se olvide del mar y encuentre a Penélope antes de que su memoria se convierta en piedra.

El tiempo de incertidumbre comienza y espera la boca la hiel y la mano los versos de un poemario inacabado. Cumplirá su rito de la visita esperada que no se sabe nunca cuánto tiempo se queda, hasta que una tarde recoge sus cosas y abandona la casa sin ruta precisa, ni una sola carta de despedida, sin un solo adiós, ni un hasta luego, con la incertidumbre de saber si volverá mañana.

El fuego como origen y fin de todas las cosas. Su capacidad de generar calor, energía, y su fuerza destructora implacable.

Anoche, en casa, escribimos en un papel tres cosas para olvidar, cada uno las suyas, y lo rompimos en mil pedazos que volaron por la ventana, con la ayuda del viento, a buscar las hogueras de San Juan de algún lugar de la Tierra. El papel con los tres deseos lo guardamos cada uno en un lugar distinto, secreto, para ver si se cumplen en el próximo año.

Muebles y trastos viejos alimentan la hoguera, y maldiciones y lágrimas y la alegría de saber como le arden las entrañas al diablo.

Estoy cansado. Apenas los párpados sostienen su compostura y un zumbido suena dentro de mi cabeza, como el ruido de una lavadora escuchado desde su interior. Aún queda mucho día, muchas horas que sacar adelante, llenas de pequeñas tareas cotidianas que, como burbujas de cava suben a la corona de la vida y tras un inapreciable plof desaparecen, y luego llegan otras y otras y otras… Al anochecer -pienso siempre- me sentaré un rato a leer El Cuerpo y las Olas de Manuel Vicent -cualquiera de sus páginas te reconforta- y adornaré un Jack Daniels con dos cubitos de hielo, pero las estrellas y la luna se alían con el silencio y derriban las pocas fuerzas que me quedan y caigo rendido en un sueño sin descanso, en un duermevela como el del soldado que cierra los ojos y vigila al mismo tiempo. Entonces, a la mañana siguiente, cualquiera de estas mañanas siguientes, intento evitar los grandes espejos, aquellos que me devuelven la imagen de quien no quiero ser y soy, y me robaron el reflejo de la niñez vivida, repleta de energía, de galletas de nata y eternas horas de verano, de ocio y de paz y noches enteras sobre sábanas blancas.

 

“Me encontrarás mirando

los verdes ríos,

los árboles que sueñan

con nuevos nidos”

 

Juan Rejano

 

Los pájaros aterrizan en el árbol que hay frente a la ventana donde habito y no me ven, y yo, a veces, tampoco los veo. Si me vieran, si realmente supieran que estoy aquí, tan cerca, probablemente serían más recatados en sus juegos del amor, no se pondrían en las ramas cercanas a juntar sus picos, a besarse con esos besos que a nosotros nos parecen puntiagudos, pero que a ellos deben saberles a uvas frescas y a rosas. Si supieran, si realmente supieran que estoy a menos de un par de alas de sus alas, tendrían cuidado de no indicarme aleteando dónde están sus nidos, dónde están durmiendo sus hijitos, o pajaritos, o como quieran que se llamen. Si sintieran que estoy aquí, tan cerca, a pesar de los cristales, las persianas, las cortinas y las puertas, tendrían más reparos en enseñarme sus vidas, en señalarme dónde están sus cosas, o al menos eso creo yo, al menos eso pienso. Porque si conocen al hombre, no a mí, ni a mi mujer, ni a mis amigos, sino al hombre en general, con mayúsculas, deben tener un concepto terrorífico de él, sinceramente deprimente. Porque desde los árboles deben verse muchas cosas muy difíciles de contar, que luego no cuentan o no les importan, o prefieren callarlas. ¿Y si me vieran?, ¿y si realmente me ven desde donde viven?. Tal vez a ellos también les guste observarme desde sus ramas, ver cómo emborrono estos papeles con unos signos negros, raros, que para ellos no tienen ningún sentido y para mí lo son todo. Quizás les guste escuchar mi música,… Mozart, Mahler, Dexter Gordon o Montoliú, y luego tararearlas, cantarlas con sus trinos, con sus voces,  improvisando más que Charlie Parker. Otras veces los detecto a lo lejos posados en los alambres, picoteando, jugando con los hilos que les sobran a los pañuelos, dando vueltas y más vueltas a las antenas en una extensa demostración de que la libertad no cuesta nada. Quizás a ellos, cuando me ven detrás de los cristales, de las rejas, de las persianas, las cortinas y las puertas, les dé pena y así piensen, si es que piensan, que soy presa de mi propio concepto del hombre, que si conozco algo al hombre, no a mi mujer, ni a mi, ni a mis amigos, sino al hombre en general, con mayúsculas, debo tener un concepto terrorífico de él, sinceramente deprimente. Porque no dejo que nadie vea mis juegos de amor, ni cómo junto mis labios con esos besos que a ellos deben parecerles poco puntiagudos, pero que a nosotros nos saben a rosas y uvas frescas. Ni señalo descuidadamente dónde están mis cosas, dónde duermen mis hijas, ni todo lo que tengo. Quizás, y sólo quizás, ese miedo que les otorgué al principio realmente sea mío. Quizás, y sólo quizás, estos papeles que emborrono con unos signos negros, raros, que para ellos no tienen ningún sentido, sean la única manera que tengo de volar.

Tengo una necesidad imperiosa de decirte te quiero. Decirlo aquí, en este blog que sé que no leerás nunca. Y no por desidia, que ya sé que no, ni por desinterés por lo que escribo, sino porque para ti esta maquinita que incesantemente me roba el tiempo no tiene nada que decirte ni aportarte, ni quieres que te robe también el tiempo a ti. Y haces bien con pensarlo, se vive mejor cuanto menos necesitas. Así que olvidaré este comentario que escribo, aquí lo abandono, e iré a buscarte a la cocina, donde sé que estás ahora preparando un biberón, y te abrazaré por la espalda y te diré te quiero, sin que sospeches siquiera que ahora, ya, te lo he dicho antes.

Desde pequeño he aprendido a volar con mi mente, y cuando digo volar lo digo literalmente, elevarme por los aires y escapar hacia el horizonte, sin ni siquiera mirar hacia atrás, siempre al frente, y sentir cómo el aire roza mi cara y me hace saltar pequeñas lágrimas de los ojos, no de emoción, sino del viento. Luego abandoné esta práctica, supongo que a medida que me hice mayor, hasta casi olvidarla, pero hoy ese niño que aún llevo dentro me ha hablado de nuevo y me ha invitado a saltar nuevamente hacia Dios sabe dónde. Las arboledas vistas desde arriba parecen corazones verdes, montes de Venus de un cuerpo de tierra árida y sin montículos. Al mar llego a veces y toco la espuma con los pies unos segundos antes de aterrizar en la arena. Quizás hoy he volado demasiado lejos, por eso al volver a esta triste oficina que me está devorando el alma es hora casi de apagar el ordenador y regresar a casa, donde me espera la auténtica verdad de todo esto. Si mi jefe supiera dónde he estado hoy sin haberme movido de mi sitio, probablemente me preguntaría cuál es el secreto, y no hay más secreto que una volátil imaginación y quizás haber leído demasiado joven Juan Salvador Gaviota.

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