Hilas de viento

Creo que me ha llegado el tiempo de las hilas.

La miradadelhombre se acaba, y un susurro de palabras ya aparece en un nuevo horizonte, en las hilas de viento. Allí os espero.

Un abrazo.

http://hilasdeviento.blogspot.com.es/

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Mi primer poemario.

Al despertar,

dormida aún la mano

en el cálido aliento de la siesta,

se funde tu imagen lentamente,

sin créditos, ni un final,

ni el cegador encendido de luces;

y abandono la sala

– que leo “Morfeo” –

mirando atrás, con la sensación

de que no ha acabado la escena

donde yo te sueño y tú despiertas.

Temblar

como cuerdas de cítara

rasgadas por la mano del tiempo.

Buscar a tientas el interruptor

que ilumina la estancia

y no encontrar más que la cenefa interminable y la piedra.

Llorar como un niño que ve alejarse hacia las nubes

ese globo recién comprado.

Atisbar cómo llega la sombra

y se apodera de la incertidumbre,

y todo es una noche

sin luna y sin estrellas.

Dejaste la pared

repleta de recuerdos:

fotos, cartas, postales,

palabras prendidas

en hilos de lana,

y un póster de Steve Mcqueen

huyendo en una moto.

Z

Tan sólo te llevaste

las nubes de algodón,

y un post-it

donde, alguna vez, escribí

te quiero.

Hay historias que no deben quedar en el olvido, o al menos no reposar sólo en la memoria de los pocos que han tenido la fortuna de vivirlas, o de sufrirlas, según en qué lado estés en cada caso; la del Moro, es una de ellas.

Hace unos días, estaba tomando una cerveza con mi amigo Carlos en la puerta del bar de mi barrio -lugar que merece tratamiento aparte y que ya escribiré en su momento-, cuando salió un hombre de unos sesenta años, o algunos más, corpulento, pelo blanco pero robusto. Dio una pequeña cambayá al bajar el escalón, y saludó a su paso a mi amigo Carlos.

– ¡Carlos!

– Adiós, Moro.

Cuando se aleja, mi amigo, cerveza y cigarro en mano, me comenta:

– ¿Conoces al Moro?

– No, no tengo el gusto – le contesto.

– Pues ese hombre se ha muerto tres veces.

– Jajaja, ¡anda ya, Carlos, déjate de historias!

– Quillo, que es verdad. Pregúntale a David – Se gira hacia el camarero y le pregunta:- ¡David!, ¿cuántas veces se ha muerto el Moro?

– Yo tengo contadas tres – responde el camarero.

– Pero ¿cómo que tres…? –pregunto, ahora yo, con cierta curiosidad.

David, entonces, decide descansar un poco de la barra, enciende un cigarrillo y se sale a la puerta con nosotros, y comienza a narrarnos…

– La primera vez fue la más impactante. Llegó un cliente, y amigo común, con la noticia: “El Moro se ha muerto, me lo acaban de decir. Se le veía venir, el muy cabrón, sólo bebía whisky y del peleón, ni cerveza, ni tinto, ni zumo, ni refrescos…, pelotazo de whisky y dale que te pego”.

– Todo fue irse el cliente, y el Moro aparece por la puerta. Yo me quedé blanco –prosigue David- y el Moro, al verme, me pregunta:

– ¿Estás bien, David?

– Sí, ¿tú no estabas muerto?

– ¿Yo, cojones?… ¿pues no me ves aquí? Anda, ponme un whisquito para terminar de resucitar.

– Y se fue tan pancho, y sin darle más importancia al asunto.

Da un par de caladas, mientras Carlos y yo no dejamos de reírnos, y continúa con su historia.

– La segunda vez, lo mismo, pero más increíble todavía. A los dos años, más o menos, una tarde llega otro cliente y me dice:

– Ponme una copa, anda, que vengo del Tanatorio.

– ¿Quién se ha muerto?, le pregunté.

– El Moro, pobrecillo.

– Vaya hombre, ya tuvo un amago hace unos años -le comenté yo-

– ¡Ah!, pues no lo sabía. Bueno, que en paz descanse. ¡Por el Moro! – y brindó sólo.

– Al decirme que venía del Tanatorio, no dudé de la noticia, así que cogí el teléfono y llamé al hijo, que vive en Canarias…

– Antonio.

– ¡Dime, David!

– Siento mucho lo de tu padre.

– ¿Qué le ha pasado a mi padre?

– Que ha muerto, ¿no?

– ¿Mi padre? Pues habrá sido ahora mismo, porque acabo de colgar de hablar con él y estaba en Blanco y Cerrillo tomando una tapa de boquerones. ¡Joder, no me asustes! Espera y te llamo ahora…

– Al rato, me suena el móvil…

– ¡David!

– ¡Dime, Antonio!

– Mi padre dice que no se ha muerto que va ya por la segunda tapa de boquerones, y que se caga en los muertos de todos los muertos del que ha dicho que está muerto.

– Vale, Antonio, perdona hijo. Me alegro que sea así. Un abrazo.

A partir de ese día, David nos dice que decidió no creerse nada de nadie, por muy real que pareciera, al menos a ese lado de la barra. Y, efectivamente, a los meses, volvió a ocurrir… Nos cuenta que un cliente leyendo el periódico, llega a las esquelas, y espeta.

– Antonio Rodriguez Prieto. ¡Coño, el Moro!

– ¿Seguro? – le dice David –

– Segurísimo, Antonio Rodríguez Prieto, míralo, 63 años de edad, casado y con un hijo. ¡Vaya por Dios!, si es que se veía venir. Voy a preguntar por ahí a ver a qué hora es el entierro – paga y se va marchando del bar-

– Bueno, vale, si te enteras de algo, me lo dices – le dice David, antes de que salga-

Acto seguido, tras marcharse el cliente, el Moro por la puerta. David, blanco de nuevo, y el Moro, al verlo, le dice:

– ¡Qué! Ya me han matado otra vez, ¿no? ¡Me cago en los muertos del que sea! Anda, David, ponme un whisky y a éste me invitas tú, que los muertos no pagan. Y te voy a decir una cosa: toma mi número de móvil, para que me avises la próxima vez que me muera. Y si ves que no lo cojo, entonces es que es verdad.

Reímos los tres. David volvió a la barra y entonces fue cuando le dije a Carlos: “Esta historia déjame que la escriba yo”.

La noche se ha convertido en divertida de repente, como ocurren todas estas cosas. De repente, he notado el olor a rosas que llega a la mesita de noche, he escuchado pasear a algunos coches y he pesando lo felices que son algunos con tan sólo hacer ruido; deben sentirse más hombres, supongo. La franela de las sábanas vaticina mi destiempo y que aún me queda por dormir más de media noche; qué paz y qué sosiego da saberse por unas horas muerto, con la absoluta certeza de que vas a resucitar. Pero antes de abrazar a Morfeo y besar amablemente la mano de Iris, juego a escuchar mi silencio, el sonido de la respiración, el crepitar de las luces de invierno, la estrategia de los espejos para el día siguiente, las gotas de rocío agolpándose en el cristal de la ventana, la inercia de las estrellas y sus pronósticos en las hojas del Zodiaco. La noche se ha convertido en divertida de repente, puede ser la primera de un nuevo año.

Feliz 2012 a todos.