Los Norios Tabernarios

-¿Qué falta por ahí?-, dijo el pequeño camarero dando un saltito tras la barra del bar. Honorio, aún sin aliento, atinó a contestar –Pues mire, falta de todo. Déjeme respirar un poquito y enseguida le atiendo-. Volviéndose hacia sus colegas, les recriminó la hora de la llamada. –Estaba en pijama, señores. Las doce de la noche no son horas para llamar a un amigo y citarlo- y en tono más sosegado se llevó la mano hacia la boca, y tras una sonrisa y un gesto cómico, dijo – Me he comido una magnífica tortilla francesa en casa. ¡Camarero!, un Cutty Sark. En vaso ancho, por favor-

 

Honorio es letrista de Cabaret y amante de la gastronomía. Sus conferencias y escritos lo avalaban, pero allí estaba como amigo de los Norios Tabernarios de Carmona, una asociación fundada por cuatro amigos amantes de las tabernas, su cultura y sus cantes. Tuve que apuntar sus nombre para luego recordarlos –soy muy malo para eso- pero si recuerdo su candidez, su amistad entregada desde el primer apretón de manos, y su arte perceptible desde el primer brindis. Del nombre de Honorio si me acuerdo a la primera, por la rima que uno de ellos hizo –¡Honorio, qué gran Norio!- y porqué no paraba de hablar y de contar miles de cosa. Mi amigo Antonio le preguntó por el origen de la tapa sevillana. Honorio empezó a hablar de Cervantes, de Quevedo –avisillo del estómago, le llamaba- del barroquismo de las tapas actuales –sobran patatas, y lechuga- y al final lo invitó a su próxima conferencia sobre este tema. José María, Norio y editor de libros de gastronomía casi poéticos, le dijo –Lo que tienes que hacer es acabar aún la del año pasado, que la dejaste a medias-. Yo le hablé de la zarzaparrilla, de lo que me hablaba mi padre, y el entusiasmo fue increíble. En una esquina, José Luis, secretario de Los Norios y pintor de profesión, enseñaba fotos de sus cuadros, pintados a personajes de las tabernas; unos cuadros de una calidad excelente, que le daban para vivir y para beber. Fernando, el Presidente de Los Norios llamaba a su mujer para aconsejarle que se acostara, que ya volvería, y que si tenía miedo que apagara la película que estaba viendo. Colgó y brindó de nuevo: no era el tiempo una frontera de los que estábamos allí, y eso era para celebrarlo. El camarero se persignaba ante una clienta que le pedía la cuenta. –La zarzaparrilla es la madre de la Coca-Cola y estoy dispuesto a demostrarlo- decía Honorio –escribe, amigo, escribe todo lo que recuerdes, todo lo que te contó tu padre; es necesario que lo hagas- Yo, animado entonces, le hablé de la Bella Charito, y de cómo mi abuelo fue detenido en una de sus actuaciones. Honorio comenzó a cantar una de sus canciones, algo de una pulga, y brindó una vez más con su Cutty Sark por el encuentro. En la puerta, ya a altas horas, nos abrazamos todos y nos citamos para otra ocasión sin fecha.

  

El encuentro entre Los Norios Tabernarios de Carmona y Apoloybaco: algo irrepetible y que quedó en el aire de la noche de Sevilla, para recuerdo de los que estábamos allí… Y para los que no estaban, escribo en este blog, aunque dudo mucho que a nadie le importe.

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