Olga siempre necesita el chupe para dormirse, desde su primer día de vida, que fue hace ya más de cinco meses. Yo creo que se concentra en ese pequeño trozo de gomita que rodea sus diminutos labios y en el movimiento acompasado e innato de succionar como si se le fuera la vida. A mi -no puedo evitarlo- me recuerda a Maggie, la pequeñita de Los Simpsons,y me río para mis adentros cada vez que la veo.

Anoche su mirada era diferente. Era ya muy tarde y no conseguíamos que se durmiera, a pesar de las mecidas y las canciones. No lloraba, sólo clavaba sus dos pequeñitos ojos claros en mis ojos, sin pestañear ni hacer ningún gesto siquiera. Mi mujer y mi hija mayor, ya derrotadas, se fueron a la cama, y yo me quedé sólo en el salón con la pequeña pensando en alguna solución y en prepararme un chupito de ron que me templara los nervios y la paciencia. Olga seguía con sus pupilas mis torpes pasos sin decir absolutamente nada. Me acerqué al carrito donde estaba, emitió una sonrisa, y mi mano se posó sobre su carita acariciando cada centrímetro de su piel. Entonces cerró sus ojillos, se acomodó hacia un lado, y su respiración me fue delatando que lo que quería era una caricia, una simple caricia, más que una canción o las mecidas que, nerviosamente, no hacían más que despertarla. ¡Se ha dormido!, me dije, me tomé el buchito de ron y la pasé a su cunita sin almohada. Olga ya sabe lo que quiere y ha aprendido a hablar con su mirada.

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