mayo 2008


 

 

Cuando todos los siglos vuelven,

anocheciendo, a su belleza,

sube al ámbito universal

la unidad honda de la tierra.

 

Entonces nuestra vida alcanza

la alta razón de su existencia:

todos somos reyes iguales

en la tierra, reina completa.

 

Le vemos la sien infinita,

le escuchamos la voz inmensa,

nos sentimos acumulados

por sus dos manos verdaderas.

 

Su mar total es nuestra sangre,

nuestra carne es toda su piedra,

respiramos su aire uno,

su fuego único nos incendia.

 

Ella está con nosotros todos,

y todos estamos con ella;

ella es bastante para darnos

a todos la sustancia eterna.

 

Y tocamos el cenit último

con la luz de nuestras cabezas

y nos detenemos seguros

de estar en lo que no se deja.

 

Juan Ramón Jiménez

Cincuenta años de su muerte

 

Dime si el camino de la vida

va en el mismo sentido que del tiempo,

pues, cuanto más pasa, más vuelvo

hacia mí y a mi punto de partida.

 

Si ese devenir de lo que quiero

y no puedo, no es más que el destino,

que ya está trazando mi camino

y que, cuando lo alcance todo, muero.

 

Y si esa soledad que nos libera

aparece en el justo momento

y en el mismo lugar que el nacimiento,

y nos hace vivir en una rueda.

 

Me olvido

de las sombras alienígenas

que me absorben la memoria,

y canto junto al oscuro silencio

que se ha instalado a mi lado.

 

Quiero romper

ese papel de cristal opaco

que cubre las palabras,

y no consigo más

que el niño que llora

con la urgencia del pan

y la miga del hambre.

 

No sé gritar,

no lo he hecho nunca,

y sólo lanzo el aire angustiado

del pobre cantor

que ya no canta,

y las sombras del mal

me cercan y me abrazan

y me parten en pedazos,

que luego se reparten

entre risas y risas

y dentelladas.

Mira, Platero, los burros del Quemado; lentos, caídos, con su picuda y roja carga de mojada arena, en la que llevan clavada, como en el corazón, la vara de acebuche verde con que les pegan…

… De aquellos burros del arenero a éstos de hoy que cargan reinas; todo un honor para la reina, claro. Felicidades señor burro, al menos no es mojada arena.

 

 

 

Hay historias que se quedan en mi mente como un verso que innumerables veces repito y no descanso hasta convertirlas en historias escritas, negro sobre blanco. Algunas, incluso, están tanto tiempo dentro de mi cabeza, que aunque no las haya vivido yo, las hago mías; ésta que escribo es una de ellas… Otras no salen nunca, por respeto a los demás o a mi mismo, o porque no encuentro las palabras que sean capaces de dibujarlas en un papel, o en este blog al que ahora acudo como si fuera un cuaderno de silencios.

 

Mi amigo Migue habla con pasión de todas las cosas, con tanta pasión que a veces aprieta los dientes y te contagia la risa que intuyes al final de las frases. Mi amigo Migue lleva en la sangre el compás del viento y la soleá, y siempre te mira a los ojos cuando habla, y eso se agradece.

 

La mañana estaba plomiza, no nos invitaba a salir un poco antes del trabajo, a pesar de ser miércoles de Feria y el último día de la semana que trabajábamos. Pero un halo de ironía, quizás de felicidad espontánea, lo hizo coger las llaves del coche y lanzarme la idea de ir a buscar un lugar donde pusieran un buen jamón y una copita de manzanilla -¡Soleá o La Gitana, me da lo mismo, pero el jamón que sea bueno– En el mesón donde acabamos, hablamos de muchas cosas, casi todas divertidas; sobre el jamón –tiene que brillar y pegarse al plato– sobre los toros –tú fíjate bien, que el torero no mueva los pies mientras dé el pase– y, por supuesto, sobre fútbol y mujeres -¡ole mi Sevilla y la mujeres guapas!-… A la tercera copa, mientras llovía sin cesar, se detuvo un momento fijando su mirada en la barra. –El otro día me comí las mejores codornices de mi vida– me dijo –Golondrinas las llama mi colega, el gitano. Es cocinero. Yo salía a dar una vuelta con un colega y me lo encontré en la puerta de la plaza. El gitano me dijo que iba a comprar unas golondrinas para hacer una barbacoa bajo el puente de San Juan. Yo y mi colega nos animamos a ir. Quillo, ¡cómo cocina el gitano!; estaban tan tiernas y con esa salsita que no he probado nada mejor en mi vida. Esa noche no cené para no olvidar el sabor. Después la guitarra… al atardecer. Me creía que estaba bajo el puente de Brooklyn. ¡Camarero, ponga usted un platito de pescaito frito!.- el camarero, que secaba un plato, me miró… –Migue– le dije – ¡que son las doce de la mañana…!.  –Vale, pues entonces más jamón

Fernando Fernán Gómez

El viejo tenía razón… No lo podía creer cuando lo leí en El tiempo amarillo (no recuerdo la página). Ahora, cuando mi propio tiempo comienza a palidecer, lo comprendo y valoro su decisión. No es fácil decidir tu propio abandono a favor de la soledad y la literatura. Yo no lo haría nunca, y así me va…