Hay historias que se quedan en mi mente como un verso que innumerables veces repito y no descanso hasta convertirlas en historias escritas, negro sobre blanco. Algunas, incluso, están tanto tiempo dentro de mi cabeza, que aunque no las haya vivido yo, las hago mías; ésta que escribo es una de ellas… Otras no salen nunca, por respeto a los demás o a mi mismo, o porque no encuentro las palabras que sean capaces de dibujarlas en un papel, o en este blog al que ahora acudo como si fuera un cuaderno de silencios.

 

Mi amigo Migue habla con pasión de todas las cosas, con tanta pasión que a veces aprieta los dientes y te contagia la risa que intuyes al final de las frases. Mi amigo Migue lleva en la sangre el compás del viento y la soleá, y siempre te mira a los ojos cuando habla, y eso se agradece.

 

La mañana estaba plomiza, no nos invitaba a salir un poco antes del trabajo, a pesar de ser miércoles de Feria y el último día de la semana que trabajábamos. Pero un halo de ironía, quizás de felicidad espontánea, lo hizo coger las llaves del coche y lanzarme la idea de ir a buscar un lugar donde pusieran un buen jamón y una copita de manzanilla -¡Soleá o La Gitana, me da lo mismo, pero el jamón que sea bueno– En el mesón donde acabamos, hablamos de muchas cosas, casi todas divertidas; sobre el jamón –tiene que brillar y pegarse al plato– sobre los toros –tú fíjate bien, que el torero no mueva los pies mientras dé el pase– y, por supuesto, sobre fútbol y mujeres -¡ole mi Sevilla y la mujeres guapas!-… A la tercera copa, mientras llovía sin cesar, se detuvo un momento fijando su mirada en la barra. –El otro día me comí las mejores codornices de mi vida– me dijo –Golondrinas las llama mi colega, el gitano. Es cocinero. Yo salía a dar una vuelta con un colega y me lo encontré en la puerta de la plaza. El gitano me dijo que iba a comprar unas golondrinas para hacer una barbacoa bajo el puente de San Juan. Yo y mi colega nos animamos a ir. Quillo, ¡cómo cocina el gitano!; estaban tan tiernas y con esa salsita que no he probado nada mejor en mi vida. Esa noche no cené para no olvidar el sabor. Después la guitarra… al atardecer. Me creía que estaba bajo el puente de Brooklyn. ¡Camarero, ponga usted un platito de pescaito frito!.- el camarero, que secaba un plato, me miró… –Migue– le dije – ¡que son las doce de la mañana…!.  –Vale, pues entonces más jamón

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