junio 2008


Cuando nos llega el miedo a equivocarnos, a haber errado antes -ya sin remedio- y miramos hacia atrás y nos reconocemos más dichosos que ahora, y si la vista busca el horizonte y una niebla espesa no nos deja ver dónde acaba el mar, y su calor nos impide reconocer los aromas, degustar el vino, escuchar el silencio, y un cúmulo de preguntas se nos caen de las manos sin una respuesta aunque no fuera válida.., entonces el tiempo de la incertidumbre nos ha llegado.

Porque puede que venga de allá, de muy lejos, de visitar a otros, y esté cansado de tanto viajar, y busque los huesos de nuestro hombro para hablar al oído de cosas cercanas, o pasajeras, o de la locura de nuestra existencia. O porque puede que quiera jugar con nosotros a explorarnos por dentro, a encontrar las heridas que tenemos abiertas y hacernos lamer sus hilos de sangre como si fuéramos perros atropellados. Porque puede que sea el disfraz del final de una historia, o sea la luz de un comienzo que aún no conozca el ritmo del tiempo. Porque puede que la lluvia le haya hecho daño y quiera vengarse en nuestras lágrimas. O porque quizás sea feliz en su interrogante y quiera borrar la tristeza de nuestras certezas. Porque sepa que el miedo a equivocarnos nos hace más hombres y dejamos a un lado lo que no es necesario. O porque quiera que Ulises se olvide del mar y encuentre a Penélope antes de que su memoria se convierta en piedra.

El tiempo de incertidumbre comienza y espera la boca la hiel y la mano los versos de un poemario inacabado. Cumplirá su rito de la visita esperada que no se sabe nunca cuánto tiempo se queda, hasta que una tarde recoge sus cosas y abandona la casa sin ruta precisa, ni una sola carta de despedida, sin un solo adiós, ni un hasta luego, con la incertidumbre de saber si volverá mañana.

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El fuego como origen y fin de todas las cosas. Su capacidad de generar calor, energía, y su fuerza destructora implacable.

Anoche, en casa, escribimos en un papel tres cosas para olvidar, cada uno las suyas, y lo rompimos en mil pedazos que volaron por la ventana, con la ayuda del viento, a buscar las hogueras de San Juan de algún lugar de la Tierra. El papel con los tres deseos lo guardamos cada uno en un lugar distinto, secreto, para ver si se cumplen en el próximo año.

Muebles y trastos viejos alimentan la hoguera, y maldiciones y lágrimas y la alegría de saber como le arden las entrañas al diablo.

Estoy cansado. Apenas los párpados sostienen su compostura y un zumbido suena dentro de mi cabeza, como el ruido de una lavadora escuchado desde su interior. Aún queda mucho día, muchas horas que sacar adelante, llenas de pequeñas tareas cotidianas que, como burbujas de cava suben a la corona de la vida y tras un inapreciable plof desaparecen, y luego llegan otras y otras y otras… Al anochecer -pienso siempre- me sentaré un rato a leer El Cuerpo y las Olas de Manuel Vicent -cualquiera de sus páginas te reconforta- y adornaré un Jack Daniels con dos cubitos de hielo, pero las estrellas y la luna se alían con el silencio y derriban las pocas fuerzas que me quedan y caigo rendido en un sueño sin descanso, en un duermevela como el del soldado que cierra los ojos y vigila al mismo tiempo. Entonces, a la mañana siguiente, cualquiera de estas mañanas siguientes, intento evitar los grandes espejos, aquellos que me devuelven la imagen de quien no quiero ser y soy, y me robaron el reflejo de la niñez vivida, repleta de energía, de galletas de nata y eternas horas de verano, de ocio y de paz y noches enteras sobre sábanas blancas.

Mi religión me impide reconocer cualquiera de los méritos del segundo equipo de mi ciudad que, gracias al Dios del balón o a quien quiera que fuere, últimamente son pocos. Pero tampoco creo en las fronteras. No recuerdo qué escritor dijo que, a pesar de haber viajado por todo el mundo, jamás vio una frontera. Yo tampoco.

Soy amante -gastronómicamente hablando, claro- de los caracoles, de los caracoles bien hechos, con su picantito justo, sus especias, su aroma a hierbabuena, su dimensión exacta, en su exacto cuenco, con su caldito exacto. Estoy atento en mi cuidad a cualquier referencia sobre algún bar, algún lugar cercano o lejano, donde pongan buenos caracoles, y allí que voy a probarlos, sin esperar más de uno o dos días. En el caso que cuento, he tardado más de tres años. Un vecino y amigo, mi amigo Juan Escabias, me dijo el verano de 2005 -en plena celebración del Centenario de mi Sevilla del alma- que los caracoles de la Peña Cultural Bética de Pino Montano eran excepcionales, los mejores del barrio y uno de los mejores de Sevilla. Yo, a pesar de mi pasión por estos pequeñitos moluscos y sus conchas de espiral, hice oídos sordos y opté por obviar esta referencia, pero cada vez que pasaba cerca, y veía a la gente en su puerta saboreando esos cuencos de cristal, tenía que mirar hacia otro lado, autorreafirmarme en mis convicciones sevillistas. La semana pasada ya no pude más. Sin decírselo a nadie, casi de manera clandestina, me encaminé a la Peña decididamente a comprobar si esos caracoles eran o no eran tan buenos. Y creame que los eran. Para mi desgracia, las mesas de fueran estaban repletas, y no me quedó más opción que entrar hasta el fondo y pedirme una cerveza y una tapita de caracoles al lado de una foto de Cardeñosa abrazando a Gordillo, probablemente tras un gol, que rezaba yo para que no fuera en un partido contra el Sevilla. Pregunté por la cláusula de rescisión del cocinero, para ver si podemos ficharlo para alguna peña sevillista donde poder tomarme esos caracoles como se merecen. Pero no está en venta, así que, por una vez en mucho tiempo, este derbi nos lo han ganado. Queda aún jugar en casa, y ya veremos, cuando sea… ya veremos.

Esta ciudad es así, así somos, y si escribo es a modo de confesión, esperando la absolución por algún buen sevillano que profese la misma religión que yo, y tropiece con este blog, y me exima de esta culpa que no me quito, que llevo dentro. Al menos me relaja saber que aquella peña estaba llenita, llenita de cuernos.

 

“Me encontrarás mirando

los verdes ríos,

los árboles que sueñan

con nuevos nidos”

 

Juan Rejano

 

Los pájaros aterrizan en el árbol que hay frente a la ventana donde habito y no me ven, y yo, a veces, tampoco los veo. Si me vieran, si realmente supieran que estoy aquí, tan cerca, probablemente serían más recatados en sus juegos del amor, no se pondrían en las ramas cercanas a juntar sus picos, a besarse con esos besos que a nosotros nos parecen puntiagudos, pero que a ellos deben saberles a uvas frescas y a rosas. Si supieran, si realmente supieran que estoy a menos de un par de alas de sus alas, tendrían cuidado de no indicarme aleteando dónde están sus nidos, dónde están durmiendo sus hijitos, o pajaritos, o como quieran que se llamen. Si sintieran que estoy aquí, tan cerca, a pesar de los cristales, las persianas, las cortinas y las puertas, tendrían más reparos en enseñarme sus vidas, en señalarme dónde están sus cosas, o al menos eso creo yo, al menos eso pienso. Porque si conocen al hombre, no a mí, ni a mi mujer, ni a mis amigos, sino al hombre en general, con mayúsculas, deben tener un concepto terrorífico de él, sinceramente deprimente. Porque desde los árboles deben verse muchas cosas muy difíciles de contar, que luego no cuentan o no les importan, o prefieren callarlas. ¿Y si me vieran?, ¿y si realmente me ven desde donde viven?. Tal vez a ellos también les guste observarme desde sus ramas, ver cómo emborrono estos papeles con unos signos negros, raros, que para ellos no tienen ningún sentido y para mí lo son todo. Quizás les guste escuchar mi música,… Mozart, Mahler, Dexter Gordon o Montoliú, y luego tararearlas, cantarlas con sus trinos, con sus voces,  improvisando más que Charlie Parker. Otras veces los detecto a lo lejos posados en los alambres, picoteando, jugando con los hilos que les sobran a los pañuelos, dando vueltas y más vueltas a las antenas en una extensa demostración de que la libertad no cuesta nada. Quizás a ellos, cuando me ven detrás de los cristales, de las rejas, de las persianas, las cortinas y las puertas, les dé pena y así piensen, si es que piensan, que soy presa de mi propio concepto del hombre, que si conozco algo al hombre, no a mi mujer, ni a mi, ni a mis amigos, sino al hombre en general, con mayúsculas, debo tener un concepto terrorífico de él, sinceramente deprimente. Porque no dejo que nadie vea mis juegos de amor, ni cómo junto mis labios con esos besos que a ellos deben parecerles poco puntiagudos, pero que a nosotros nos saben a rosas y uvas frescas. Ni señalo descuidadamente dónde están mis cosas, dónde duermen mis hijas, ni todo lo que tengo. Quizás, y sólo quizás, ese miedo que les otorgué al principio realmente sea mío. Quizás, y sólo quizás, estos papeles que emborrono con unos signos negros, raros, que para ellos no tienen ningún sentido, sean la única manera que tengo de volar.

 

Si me miras,

savia de tus ojos

me da vida.

Y en ese ir y venir

de tu mirada,

sé que soy tú

cada mañana.

 

 Ya está en casa la pequeña Olga,

¡con más fuerza que nunca!

y una sonrisa de oreja a oreja.

 

 Gracias a todos los que os habéis acordado de ella.

Vuestros deseos han sido medicina y aliento.

 

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