Desde pequeño he aprendido a volar con mi mente, y cuando digo volar lo digo literalmente, elevarme por los aires y escapar hacia el horizonte, sin ni siquiera mirar hacia atrás, siempre al frente, y sentir cómo el aire roza mi cara y me hace saltar pequeñas lágrimas de los ojos, no de emoción, sino del viento. Luego abandoné esta práctica, supongo que a medida que me hice mayor, hasta casi olvidarla, pero hoy ese niño que aún llevo dentro me ha hablado de nuevo y me ha invitado a saltar nuevamente hacia Dios sabe dónde. Las arboledas vistas desde arriba parecen corazones verdes, montes de Venus de un cuerpo de tierra árida y sin montículos. Al mar llego a veces y toco la espuma con los pies unos segundos antes de aterrizar en la arena. Quizás hoy he volado demasiado lejos, por eso al volver a esta triste oficina que me está devorando el alma es hora casi de apagar el ordenador y regresar a casa, donde me espera la auténtica verdad de todo esto. Si mi jefe supiera dónde he estado hoy sin haberme movido de mi sitio, probablemente me preguntaría cuál es el secreto, y no hay más secreto que una volátil imaginación y quizás haber leído demasiado joven Juan Salvador Gaviota.

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