“Me encontrarás mirando

los verdes ríos,

los árboles que sueñan

con nuevos nidos”

 

Juan Rejano

 

Los pájaros aterrizan en el árbol que hay frente a la ventana donde habito y no me ven, y yo, a veces, tampoco los veo. Si me vieran, si realmente supieran que estoy aquí, tan cerca, probablemente serían más recatados en sus juegos del amor, no se pondrían en las ramas cercanas a juntar sus picos, a besarse con esos besos que a nosotros nos parecen puntiagudos, pero que a ellos deben saberles a uvas frescas y a rosas. Si supieran, si realmente supieran que estoy a menos de un par de alas de sus alas, tendrían cuidado de no indicarme aleteando dónde están sus nidos, dónde están durmiendo sus hijitos, o pajaritos, o como quieran que se llamen. Si sintieran que estoy aquí, tan cerca, a pesar de los cristales, las persianas, las cortinas y las puertas, tendrían más reparos en enseñarme sus vidas, en señalarme dónde están sus cosas, o al menos eso creo yo, al menos eso pienso. Porque si conocen al hombre, no a mí, ni a mi mujer, ni a mis amigos, sino al hombre en general, con mayúsculas, deben tener un concepto terrorífico de él, sinceramente deprimente. Porque desde los árboles deben verse muchas cosas muy difíciles de contar, que luego no cuentan o no les importan, o prefieren callarlas. ¿Y si me vieran?, ¿y si realmente me ven desde donde viven?. Tal vez a ellos también les guste observarme desde sus ramas, ver cómo emborrono estos papeles con unos signos negros, raros, que para ellos no tienen ningún sentido y para mí lo son todo. Quizás les guste escuchar mi música,… Mozart, Mahler, Dexter Gordon o Montoliú, y luego tararearlas, cantarlas con sus trinos, con sus voces,  improvisando más que Charlie Parker. Otras veces los detecto a lo lejos posados en los alambres, picoteando, jugando con los hilos que les sobran a los pañuelos, dando vueltas y más vueltas a las antenas en una extensa demostración de que la libertad no cuesta nada. Quizás a ellos, cuando me ven detrás de los cristales, de las rejas, de las persianas, las cortinas y las puertas, les dé pena y así piensen, si es que piensan, que soy presa de mi propio concepto del hombre, que si conozco algo al hombre, no a mi mujer, ni a mi, ni a mis amigos, sino al hombre en general, con mayúsculas, debo tener un concepto terrorífico de él, sinceramente deprimente. Porque no dejo que nadie vea mis juegos de amor, ni cómo junto mis labios con esos besos que a ellos deben parecerles poco puntiagudos, pero que a nosotros nos saben a rosas y uvas frescas. Ni señalo descuidadamente dónde están mis cosas, dónde duermen mis hijas, ni todo lo que tengo. Quizás, y sólo quizás, ese miedo que les otorgué al principio realmente sea mío. Quizás, y sólo quizás, estos papeles que emborrono con unos signos negros, raros, que para ellos no tienen ningún sentido, sean la única manera que tengo de volar.

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