Mi religión me impide reconocer cualquiera de los méritos del segundo equipo de mi ciudad que, gracias al Dios del balón o a quien quiera que fuere, últimamente son pocos. Pero tampoco creo en las fronteras. No recuerdo qué escritor dijo que, a pesar de haber viajado por todo el mundo, jamás vio una frontera. Yo tampoco.

Soy amante -gastronómicamente hablando, claro- de los caracoles, de los caracoles bien hechos, con su picantito justo, sus especias, su aroma a hierbabuena, su dimensión exacta, en su exacto cuenco, con su caldito exacto. Estoy atento en mi cuidad a cualquier referencia sobre algún bar, algún lugar cercano o lejano, donde pongan buenos caracoles, y allí que voy a probarlos, sin esperar más de uno o dos días. En el caso que cuento, he tardado más de tres años. Un vecino y amigo, mi amigo Juan Escabias, me dijo el verano de 2005 -en plena celebración del Centenario de mi Sevilla del alma- que los caracoles de la Peña Cultural Bética de Pino Montano eran excepcionales, los mejores del barrio y uno de los mejores de Sevilla. Yo, a pesar de mi pasión por estos pequeñitos moluscos y sus conchas de espiral, hice oídos sordos y opté por obviar esta referencia, pero cada vez que pasaba cerca, y veía a la gente en su puerta saboreando esos cuencos de cristal, tenía que mirar hacia otro lado, autorreafirmarme en mis convicciones sevillistas. La semana pasada ya no pude más. Sin decírselo a nadie, casi de manera clandestina, me encaminé a la Peña decididamente a comprobar si esos caracoles eran o no eran tan buenos. Y creame que los eran. Para mi desgracia, las mesas de fueran estaban repletas, y no me quedó más opción que entrar hasta el fondo y pedirme una cerveza y una tapita de caracoles al lado de una foto de Cardeñosa abrazando a Gordillo, probablemente tras un gol, que rezaba yo para que no fuera en un partido contra el Sevilla. Pregunté por la cláusula de rescisión del cocinero, para ver si podemos ficharlo para alguna peña sevillista donde poder tomarme esos caracoles como se merecen. Pero no está en venta, así que, por una vez en mucho tiempo, este derbi nos lo han ganado. Queda aún jugar en casa, y ya veremos, cuando sea… ya veremos.

Esta ciudad es así, así somos, y si escribo es a modo de confesión, esperando la absolución por algún buen sevillano que profese la misma religión que yo, y tropiece con este blog, y me exima de esta culpa que no me quito, que llevo dentro. Al menos me relaja saber que aquella peña estaba llenita, llenita de cuernos.

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