Estoy cansado. Apenas los párpados sostienen su compostura y un zumbido suena dentro de mi cabeza, como el ruido de una lavadora escuchado desde su interior. Aún queda mucho día, muchas horas que sacar adelante, llenas de pequeñas tareas cotidianas que, como burbujas de cava suben a la corona de la vida y tras un inapreciable plof desaparecen, y luego llegan otras y otras y otras… Al anochecer -pienso siempre- me sentaré un rato a leer El Cuerpo y las Olas de Manuel Vicent -cualquiera de sus páginas te reconforta- y adornaré un Jack Daniels con dos cubitos de hielo, pero las estrellas y la luna se alían con el silencio y derriban las pocas fuerzas que me quedan y caigo rendido en un sueño sin descanso, en un duermevela como el del soldado que cierra los ojos y vigila al mismo tiempo. Entonces, a la mañana siguiente, cualquiera de estas mañanas siguientes, intento evitar los grandes espejos, aquellos que me devuelven la imagen de quien no quiero ser y soy, y me robaron el reflejo de la niñez vivida, repleta de energía, de galletas de nata y eternas horas de verano, de ocio y de paz y noches enteras sobre sábanas blancas.

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