Cuando nos llega el miedo a equivocarnos, a haber errado antes -ya sin remedio- y miramos hacia atrás y nos reconocemos más dichosos que ahora, y si la vista busca el horizonte y una niebla espesa no nos deja ver dónde acaba el mar, y su calor nos impide reconocer los aromas, degustar el vino, escuchar el silencio, y un cúmulo de preguntas se nos caen de las manos sin una respuesta aunque no fuera válida.., entonces el tiempo de la incertidumbre nos ha llegado.

Porque puede que venga de allá, de muy lejos, de visitar a otros, y esté cansado de tanto viajar, y busque los huesos de nuestro hombro para hablar al oído de cosas cercanas, o pasajeras, o de la locura de nuestra existencia. O porque puede que quiera jugar con nosotros a explorarnos por dentro, a encontrar las heridas que tenemos abiertas y hacernos lamer sus hilos de sangre como si fuéramos perros atropellados. Porque puede que sea el disfraz del final de una historia, o sea la luz de un comienzo que aún no conozca el ritmo del tiempo. Porque puede que la lluvia le haya hecho daño y quiera vengarse en nuestras lágrimas. O porque quizás sea feliz en su interrogante y quiera borrar la tristeza de nuestras certezas. Porque sepa que el miedo a equivocarnos nos hace más hombres y dejamos a un lado lo que no es necesario. O porque quiera que Ulises se olvide del mar y encuentre a Penélope antes de que su memoria se convierta en piedra.

El tiempo de incertidumbre comienza y espera la boca la hiel y la mano los versos de un poemario inacabado. Cumplirá su rito de la visita esperada que no se sabe nunca cuánto tiempo se queda, hasta que una tarde recoge sus cosas y abandona la casa sin ruta precisa, ni una sola carta de despedida, sin un solo adiós, ni un hasta luego, con la incertidumbre de saber si volverá mañana.

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