La tarde olvidó muy pronto la tormenta y un arco iris infinito asomó por los tejados del Cortijo del Alamillo. Las flores de las macetas aún derramaban las gotas de lluvia, y el aire olía a la tierra mojada; parecía primavera. En el escenario terminaban de asegurar el cartel de fondo que había arrancado el viento… Las rosas de Juan Ramón, con la imagen del poeta junto a su amada Zenobia. Clara estaba emocionada -no nerviosa- y su mirada pizpireta seguía cada movimiento mío en la silla de madera. Migue ya había afinado la guitarra que esperaba, junto a la escalerilla, la llegada de la poesía. Y llegó la poesía. Subimos al escenario, la noche ya estaba adornada por la luna llena, y tras mis primeras palabras Clara leyó el poema Novia del campo, amapola, acompañada de una soleá lejana. Todo era silencio. La magia blanca de la poesía había dibujado lágrimas en algunos de los rostros y un recuerdo imborrable en nuestra agenda de los días felices. Esa imagen que quiero compartir ahora con todos vosotros. Esa imagen que es para mi un regalo del tiempo.

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