Seguro que era un buen día. El carrito de compras estaba repleto hasta los bordes y anunciaba un peso que era difícil de arrastrar, pero la energía que da el abandono del desaliento la ayudaba a empujarlo, y parecía volar sobre el asfalto con aquel manojo de hierros, chapas, tubos de escape y grifos rotos de Dios sabe dónde. Aquella mujer rondaría los cuarenta años –mi edad- y su vieja falda de colores, sus chanclas rotas y el pelo rubio desordenado me decían que no había tenido la misma suerte que yo en la vida. La ví venir de frente y por un instante se cruzaron nuestras miradas,… unos ojos intensos azules y cansados me dijeron “yo soy tú, no lo olvides, aunque aún no lo sabes”. Pasó a mi lado, la oí alejarse con el ruidoso choque de los metales, probablemente con el alivio de saber que aquella noche dormiría con algunos euros en las manos. Seguro que era un buen día. Seguro que también lo será mañana. Y yo pensando en mis poesías… ¡ay, Dios!.

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