Aún tengo su e-mail sin responder en la bandeja de entrada del ordenador. Fue de hace unos días, el 13 de agosto, cuando me anunciaba su visita a Sevilla, y me invitaba a vernos como siempre con toda la familia. El azar hizo que no pudiera atender esta vez su invitación; yo andaba en las playas de Huelva intentando refrescar mi memoria y  ordenando algunos alijos del alma que andan aún desordenados. Venía cada dos años desde el Camerún a recaudar fondos y preparar las valijas que le ayudarían a seguir avanzando en sus proyectos de ayudar a los que nada tienen, creando escuelas, talleres de carpintería y enseñándoles a encontrar agua potable bajo la tierra y excavar pozos de ladrillo elaborados por ellos mismos. Cuando nos veíamos, compartíamos sus mapas, sus carpetas repletas de papeles y un sinfín de fotos de aquel lugar perdido en la selva, donde estuvo a punto de perder la vida un par de veces por culpa de la malaria. Nuestra amistad comenzó el día que mi mujer y yo decidimos casarnos. Pasamos por la puerta de su iglesia, entramos, algo asustadizos, y nos atendió con una sonrisa enorme y un cariño que no era común entre desconocidos. Al tiempo visitó nuestra casa, conoció a mis hijas, y en su última visita nos regaló una estatuilla de madera elaborada en el Camerún por algunos de sus alumnos, que ahora tengo entre mis manos. Esta mañana hemos leído su nombre entre las víctimas del accidente de aviación ocurrido en Barajas el pasado día 20. Se nos ha caído el mundo encima. He maldecido mil veces no haber leído su e-mail unos días antes, pero como dice mi mujer, no nos apenas no haberlo visto esta vez sino que no lo veremos nunca más. Que en paz descanse este buen hombre ejemplo de lo que es ser realmente humano.

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