enero 2009


Trescientos niños han muerto desde la invasión de Israel al pueblo palestino, más de mil vidas interrumpidas de pequeños desde el año 2000 por el ejército israelí. Los indolentes justifican este horror, esta guerra, este odio y hacen gala del olvido; a los diez minutos de su discurso, ya apenas lo recuerdan. Si yo fuera Dios, o el dueño del Universo, les daría a todos ellos una vida placentera y tras su muerte, los reencarnaría en cada uno de los niños que tiran piedras contra tanques de hierro unos segundos antes de que los alcance una bala; justo así, unas mil veces, y luego les volvería a pedir una opinión.

 

Lluis Llach (1988) – Palestina

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Cada mañana me levanto, casi a ciegas, buscando esa pequeña libreta azul que me dice lo que tengo que hacer cada hora. Apenas me deja un segundo de descanso. En ocasiones -pienso- que entre sus líneas blancas está escrito el argumento de mis sueños. Y es que esa libertad con la que siempre soñé cada vez está más lejos de mis manos. El tiempo y el camino que yo mismo voy trazando, me apartan a cada paso de ella, la deshacen, llora de frío como aquel pinchón de nieve al que José Hierro escribió uno de los poemas más bellos del mundo. Mis amigos y algunos familiares me dicen que la única forma de hacerme hacer las cosas es bajo presión, y es cierto; las hago, probablemente bien, pero no disfruto ni un átomo de ellas, no encuentro más motivación que quitarme esa carga pesada de encima de tener cosas pendientes, tacharla de mi puta libreta azul y buscar la siguiente… Porque sólo puede disfrutar uno y sentirse realizado con lo que hace uno cuando quiere hacerlo y no cuando esta ley del más fuerte (físico o mental o social) lo impone. Supongo que mi eterna cobardía, o mi torpeza (a los que muchos ya casi halagan), me harán arrastrar este ancla clavada en el fondo del mar hasta los últimos días de mi vida, hasta que llegue ese instante en que uno ve con claridad absoluta que todo fue mentira y la única verdad está cada vez más cerca.