el-olvido-de-uno-mismo1Nuevamente me levanto, y me acomodo en mi silla de la noria de los días cotidianos. En el centro, el tiempo hace girar con su manivela este carrusel que me parece interminable, y apenas hay distancia entre lo que hice ayer a esta misma hora y el paisaje que ahora contemplo frente al espejo. La rutina no conoce más olvido que el de uno mismo.

Sé que estoy llorando, y mis lágrimas son palabras que caen al vacío del silencio y la memoria, son los versos que se ahogan en el agua y se disuelven con la espuma de afeitar que acarició mi rostro, apenas hace un rato. El aroma del café recompone los recuerdos, me ayuda a organizar mi agenda, y a repasar minuciosamente cada frase escrita en mi cuaderno de bitácoras. Te quiero, es la única certeza que tengo mientras espero apoyado en la pared -de nuevo espero- el autobús que me lleva puntualmente al trabajo. Es martes, o lunes, o jueves, ya eso apenas importa. Sólo un silbido del azar, un segundo que huya de su tiempo, puede hacerme nacer otra vez tímidamente.

Veo despegar un avión, elevarse sin miedo, y con mis ojos alcanzo a seguirlo hasta el horizonte. Me he ido en él, ya no existo, he bajado un instante del carrusel de olvido, y he visto desde el cielo lo cercano que está el abismo del lugar donde habito. Un mal paso, un descuido quizá, y la noche se convierte en la única luz posible y eterna. Sólo al mirar tus ojos intuyo que la soledad no me visitará nunca y que en tus besos está ese silbo que me hace olvidar el olvido de uno mismo.