Águilas de piedra

con libros en las manos

leen mis versos.

No estoy solo.

 

Y al escribir mi nombre

tímidamente,

caen trozos de tiza

sobre mis pies.

No estoy solo, me digo.

 

Tinta de pared,

cristales de cal,

lágrimas de trazo oscuro.

 

No estoy solo

porque el pulso

rompe la piel a diario

y remueve las líquidas vértebras

de mis manos,

y las horas pasan

y tienen final

en la bucólica noche

de los ciegos.

 

No estoy solo

en este urbano desierto

que soy,

aunque no haya agua,

aunque no haya oasis,

ni voces que te avisen del abismo,

no estoy solo.

 

Águilas de piedra

me acompañan

con libros en las manos

y en sus picos

gotas de agua olvidada

de otro tiempo

que aún no ha llegado.

 

 

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