mayo 2009


En memoria de Mario Benedetti. 

Podrá haberse apagado su vida, pero no su palabra. Esa suerte sólo la tienen los poetas irrepetibles.

 

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Lunes, 6:00 a.m.

Los paisaje de Van GoghFueron imágenes sin palabras, los paisajes de Van Gogh aparecieron uno tras otros en la pantalla acompañados de violines y violas, creando un clima de cierta melancolía y un silencio poco común en aquella pequeña y madrugadora tasca. Algunos tomábamos café, otros, los más desesperados, aguardiente o ponche; sólo el taxista acariciaba una cerveza, mientras su amigo -el guardia jurado- jugaba a la maquinita del rincón, la de las manzanitas rojas, como siempre. Ramón, el camarero, se ataba el trapo al delantal mientras fumaba, y todos quedamos absortos mirando al televisor, contemplando la belleza de aquellos colores, de aquellos lienzos mágicos. Yo desvié la mirada disimuladamente para observarlos:… a los pintores con sus monos llenos de gotas blancas, al albañil con la cesta del almuerzo y las gafas rotas, al taxista, al guardia jurado de espaldas a su suerte, a Ramón ya cansado, a mí mismo… Todos absolutamente quietos, espectadores de las imágenes, como si alguna mano maestra también nos hubieran pintado a nosotros. Fue entonces cuando comencé a pensar en las últimas rosas que tuve en mis manos antes de regalarlas, y en la otra persona que también soy yo cuando me dejo,… y ahora me pregunto en qué pensarían los otros en aquellos minutos que duró ese inmenso paseo por los paisajes de Van Gogh.