Gomas de nataLos recuerdos son como las musarañas, que escondidos esperan la mejor ocasión para asomarse y dejar sus pequeñas huellas en la tierra batida de nuestra memoria. Aparecen de manera inesperada y casi mágica; olores, imágenes, sabores, rostros que creímos olvidados, un color, un adiós, algunas que otras sensaciones.

Salía de comprar el pan – crujiente como cada domingo – y ella, que venía caminando de frente, sin mirar y apresurada, tropezó conmigo. Nos pedimos disculpas mutuamente – sonrojada ella, algo ausente yo – y un olor a perfume y a nata me invadió irremediablemente, venciendo el cálido calor del pan que surgía de la bolsa, dejando mis sentidos retozando en aquel olor a leche merengada y nieve batida y blanca. Luego la vi alejarse, tan deprisa como antes, sin saber que había despertado en mi memoria el recuerdo de aquellas gomas de borrar con aroma a nata, que en la niñez posábamos en nuestros pupitres y olíamos insistentemente mientras el maestro escribía la fecha del día en la pizarra.

Lo confieso: yo también fui uno de esos niños que alguna vez mordió una goma de nata, buscando el milagro de que su sabor fuera como lo era su aroma, y aprendí que a veces nada tiene que ver lo que uno parece con lo que uno es; como los recuerdos que – pequeñas musarañas de la memoria – aprenden a engañarnos, enterrando el dolor que en algún lugar quedó escondido, espera la mejor ocasión para asomarse. Esta vez no ha sido una de ellas. Lo mismo, aquel pequeño trozo de goma de nata que mordí en mi niñez ya borró el primer alfiler que se clavó en mi corazón una fría noche de mayo.

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