julio 2009


La última luz del salónApago la última luz del salón y vierto un poco más de cava en la copa con la que brindé, unas horas antes, por haber esquivado la sombra que a veces nos recuerda el color de los ojos de la muerte. Es tarde, muy tarde, me siento en el sillón relax y cambio de canales de televisión sin apenas detenerme más de cinco segundos en ellos. No sé muy bien ni qué busco ni qué quiero hacer antes de acostarme. La noche es extremadamente calurosa. Suenan las chicharras y las ramas del árbol que oculta mi ventana apenas se mueven; el viento también abandonó mi casa. Cansado, apago el televisor, apuro de un trago la copa y adivino a lo lejos tenues explosiones de fiesta, cierro los ojos y llegan los recuerdos…

La noche de Santa Ana mi padre preparaba en la azotea de la casa algunos colchones y alfombras para contemplar acostados los fuegos artificiales que anunciaban el final de la Velá de Triana. Nosotros –mi hermana y yo- éramos pequeños y vivíamos cerca, muy cerca de la fiesta, casi podíamos tocar el río con la mirada. Aquella noche era distinta; todos los vecinos subíamos a disfrutar de aquella especie de odisea galáctica de fuegos de mil colores. El ruido era enorme y parecía que se iba a desplomar el cielo… Es de esas cosas que uno no olvida en el resto de sus días. Luego vinieron otros recuerdos: los pimientos asados que hacía mi madre, las avellanas verdes, el olor de las moñas de jazmín, la luz de la Giralda en la ciudad a oscuras, el abrazo interminable de mi padre.

Tras el último estruendo vuelve el silencio a la noche, las chicharras retoman su melodía y yo descubro una lágrima cerca de mi boca. He debido llorar sin darme cuenta. Traspasado el umbral de los cuarenta los recuerdos permanecen siempre atentos para sorprendernos en los momentos más débiles. Cosas que pasan.

Comparado con la eternidad, cuatro minutos y veinte segundos no son nada. Ya sé que tenéis prisa, pero pararos este tiempo y dedicaros unos momentos simplemente a escuchar Jazz.

Cerrad los ojos, chasquead los dedos y seguid con la cabeza y los pies el swing que tiene este tema de Diana Krall; una buena recompensa a un ajetreado día de trabajo o de placer.