marzo 2010


16:04 h. Ya sabes, prohibido decir que estás cansado. ¡Ni se te ocurra!. Rápidamente salta el tumulto para rebatir tus excusas y relatarte un cúmulo de circunstancias que explican que ellos –sin duda- están más cansados que tú. Lo que pasa es que no sabes administrar tu tiempo, te pierdes en las menudeces y –a veces- cometes la torpeza de intentar despejarte un poco y recurrir a los más mundanos placeres, es decir, tomar una cerveza con tus amigos, querer pasear por el parque con tus hijas, ver la tele sentado junto a tu mujer -¡oh Dios, ver la tele!- o llorar a escondidas simulando que te afeitas y te lavas la cara.

Ya no me pregunto el cómo de muchas cosas, pero hoy, al llegar del trabajo –hace un rato- encontré sobre mi mesa un pequeño libro de recetas sobre “Conservas Caseras”. No sé qué hace aquí ni cómo ha llegado. Suelto el maletín, el trescuartos de cuero, la cartera, el reloj, el bolígrafo, los pañuelos de papel… y abro una página al azar: Tomates secos. Receta típica del interior de Granada, concretamente de la zona de Lanjarón, y con ellos preparan espectaculares tortillas. Sin haber comido –ya sabéis, los que sabéis, cuándo escribir es una necesidad- me siento frente al blog y me imagino a mí sentado junto a un manantial, con un vaso de agua fresca, sin prisas, vigilando cada día cómo maduran lentamente sobre un cartón y al sol, cuatro mitades de un tomate maduro, a los que retiré el pendáculo y cubrí de sal, y pensando –únicamente pensando- en mi prioridad inmediata: una exquisita tortilla de tomates secos, que me sabrían mucho mejor que el tiempo que ahora estoy viviendo.

Dejo de escribir. Tengo que comer. Hay que hacer muchas cosas que no me sirven para nada.

Ya se fue el sol, el manantial, los tomates y mis sueños.

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Somos plural,

eses interminables sesteando al final de la jornada,

sonidos que retumban como el eco

de chiquillos que sonríen

y a carcajadas nos deslumbran.

 

Somos plural,

como la cálida voz del sereno

que pasa las noches anunciando las horas,

mientras damos campanadas

a golpe de colmillos

y a golpe de caderas.

 

Somos plural,

ese seseo inadvertido de tu voz

pidiendo silencio desde la ventana de tu falda

desabrochada,

o como el silbido de aire que dibuja tu pelo

en tu hombro,

o como las hojas del  libro que se desnuda

deshilándose.

 

Somos plural,

somos más que dos,

somos uno;

camino y vereda,

tierra y aroma de amapolas rojas

que se sonrojan al oírnos y al mirarnos.

 

Vuela el secreto en el polen

y en los labios de los pájaros,

que no se lo dirán a nadie.