16:04 h. Ya sabes, prohibido decir que estás cansado. ¡Ni se te ocurra!. Rápidamente salta el tumulto para rebatir tus excusas y relatarte un cúmulo de circunstancias que explican que ellos –sin duda- están más cansados que tú. Lo que pasa es que no sabes administrar tu tiempo, te pierdes en las menudeces y –a veces- cometes la torpeza de intentar despejarte un poco y recurrir a los más mundanos placeres, es decir, tomar una cerveza con tus amigos, querer pasear por el parque con tus hijas, ver la tele sentado junto a tu mujer -¡oh Dios, ver la tele!- o llorar a escondidas simulando que te afeitas y te lavas la cara.

Ya no me pregunto el cómo de muchas cosas, pero hoy, al llegar del trabajo –hace un rato- encontré sobre mi mesa un pequeño libro de recetas sobre “Conservas Caseras”. No sé qué hace aquí ni cómo ha llegado. Suelto el maletín, el trescuartos de cuero, la cartera, el reloj, el bolígrafo, los pañuelos de papel… y abro una página al azar: Tomates secos. Receta típica del interior de Granada, concretamente de la zona de Lanjarón, y con ellos preparan espectaculares tortillas. Sin haber comido –ya sabéis, los que sabéis, cuándo escribir es una necesidad- me siento frente al blog y me imagino a mí sentado junto a un manantial, con un vaso de agua fresca, sin prisas, vigilando cada día cómo maduran lentamente sobre un cartón y al sol, cuatro mitades de un tomate maduro, a los que retiré el pendáculo y cubrí de sal, y pensando –únicamente pensando- en mi prioridad inmediata: una exquisita tortilla de tomates secos, que me sabrían mucho mejor que el tiempo que ahora estoy viviendo.

Dejo de escribir. Tengo que comer. Hay que hacer muchas cosas que no me sirven para nada.

Ya se fue el sol, el manantial, los tomates y mis sueños.

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