Cada amanecer perseguía a su sombra. Corría tras ella con la intención de alcanzarla, de darle una mordida en la yugular y acabar de una vez con ella. No podía soportar más que le fuera infiel cada noche cuando la luz dormía, y él sentía cómo a hurtadillas lo abandonaba. Era su única compañía.

Fue la última mañana cuando decidió esperarla junto a la ventana y, con los primeros rayos del sol, saltar al vacío, arrastrando así a su sombra junto a él y al amor hacia el mundo de los sueños perdidos.

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