agosto 2010


Dos buenos amigos -y mejores poetas- me pidieron hace un tiempo un poema,  con la idea de que formara parte de una antología poética, de diversos poetas, que estrechara los lazos que unen el cine y la literatura (edición que espero algún día vea la luz). Entonces escribí este poema, concretamente sobre una escena de la película “Ojos Negros”, del director Nikita Mikhalkov, rodada en 1987; para mí una obra maestra y que me dejó una profunda huella. Esa huella la representa exactamente la escena que ocurre en el minuto 37 de la película, entre Romano Patroni (Marcello Mastroianni) y Ana (Marthe Keller), en el preludio de una tormenta. Para mí, una de las escenas más bellas de amor de la historia del cine.

Os dejo con la escena y, seguido, el poema escrito.

 

 

 

 Preludio inefable de una tarde de tormenta

 

El vaivén de las hojas nos predice

el preludio inefable de una tarde de tormenta.

 

La mirada baja,

la mano que reposa en la boca,

son recuerdos;

gorriones furtivos, imaginarios,

que cuentan historias de otro tiempo

de guante blanco y bastón de caña.

 

Son vigías de la nada,

olas de risa que arrebatan un sombrero

y lo hacen besar labios de barro humeante.

 

Ya no hay prisa,

sólo un hombre que desciende lentamente

y atrapa una flor, en el rescate, a su paso. 

 

Son recuerdos,

son jirones de brisa en el espacio

de una mano que tiembla

ya de amor, ya de tiempo.

Solitario, mudo, ceñidas
las sienes de hojas otoñales.
En la boca reseca el gusto
de la sal de todos los mares.
 
La sal que dejaron las olas
de los días al derrumbarse.
 
José Hierro

 

Lo bueno de conocer los límites que tiene uno mismo es saber a tiempo cuándo hay que parar, ¡stop!, pisar el freno, quedar quieto como una estatua de sal, y evitar así estrellarse contra el muro indestructible de la incoherencia, del miedo, la mentira, de las horas de soledad interminables y las evocaciones perdidas en la noche; de eludir la caída al abismo sin paracaídas y sin nadie que te salve, ni siquiera esa fina rama a la que agarrase antes de dar con los huesos en el suelo. La experiencia, en este sentido, sí es un grado y ayuda a comprender qué situaciones te llevaron a pensar (en alguna ocasión) que aquí no pintas absolutamente nada. Es un presentimiento, una sensación inequívoca, un pálpito, una alarma que suena en lo más profundo de ti y jamás te engaña.

Hace unos años sufrí un importante ataque de ansiedad que terminó encerrándome en casa tomando cuatro pastillas al día para poder soportar que respiraba. Esta época de recogimiento (o más bien de escondimiento) derivó en una leve madurez interior que, poco a poco, ha ido creciendo y aflorando hacia mi mundo exterior, y lentamente –muy lentamente- me lleva navegando por los caminos más livianos, admirando el mar, degustando la sal y el paisaje cuando la vida me lo permite. A los años, comienzo a vislumbrar en mí algo parecido al “equilibrio”, aunque a veces, cuando llega la tormenta y sus aguas turbulentas, mi pequeña barca de hojas otoñales tambalea de un lado a otro y parece estar condenada a ahogarse. Lo importante aquí es la destreza del barquero, su habilidad adquirida para no caer al agua y, de nuevo, ser engullido por las olas de tristeza.

Ahí ando ahora y así lo espero.