Solitario, mudo, ceñidas
las sienes de hojas otoñales.
En la boca reseca el gusto
de la sal de todos los mares.
 
La sal que dejaron las olas
de los días al derrumbarse.
 
José Hierro

 

Lo bueno de conocer los límites que tiene uno mismo es saber a tiempo cuándo hay que parar, ¡stop!, pisar el freno, quedar quieto como una estatua de sal, y evitar así estrellarse contra el muro indestructible de la incoherencia, del miedo, la mentira, de las horas de soledad interminables y las evocaciones perdidas en la noche; de eludir la caída al abismo sin paracaídas y sin nadie que te salve, ni siquiera esa fina rama a la que agarrase antes de dar con los huesos en el suelo. La experiencia, en este sentido, sí es un grado y ayuda a comprender qué situaciones te llevaron a pensar (en alguna ocasión) que aquí no pintas absolutamente nada. Es un presentimiento, una sensación inequívoca, un pálpito, una alarma que suena en lo más profundo de ti y jamás te engaña.

Hace unos años sufrí un importante ataque de ansiedad que terminó encerrándome en casa tomando cuatro pastillas al día para poder soportar que respiraba. Esta época de recogimiento (o más bien de escondimiento) derivó en una leve madurez interior que, poco a poco, ha ido creciendo y aflorando hacia mi mundo exterior, y lentamente –muy lentamente- me lleva navegando por los caminos más livianos, admirando el mar, degustando la sal y el paisaje cuando la vida me lo permite. A los años, comienzo a vislumbrar en mí algo parecido al “equilibrio”, aunque a veces, cuando llega la tormenta y sus aguas turbulentas, mi pequeña barca de hojas otoñales tambalea de un lado a otro y parece estar condenada a ahogarse. Lo importante aquí es la destreza del barquero, su habilidad adquirida para no caer al agua y, de nuevo, ser engullido por las olas de tristeza.

Ahí ando ahora y así lo espero.

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