septiembre 2010


Por María Jesús de Pando
A Waldina Rojo Muñoz, su madre (In Memoriam)

 

Me abrazó, y echando su cabeza -que por inercia no subía de mi pecho- me dijo con voz melosa: “Quisiera llorar, pero eso también me duele”.  Le respondí: “Pues llora sin lágrimas, mami, que eso también alivia”

3 de septiembre de 2010

Una leve brisa entra por la ventana, son los inicios del final del verano, el apagón de las noches enteras despierto sin más prisa que sorprender al alba y sus destellos de sueños sosegados. Acabaron las vacaciones, los días de descanso, de lecturas y horas sin importancia, de los desnudos descuidados del alma…, y en el epílogo final tiene uno la sensación de que está viviendo la última noche de verano. Esa sensación que nos acompaña desde la infancia cuando, justo el día antes de incorporarte al colegio, te preguntabas cuáles serán tus nuevos compañeros, tus profesores, tus libros, y cómo será el nuevo aula adornada de dibujos. Sin embargo ahora, casi todo queda igual, ya la vida es mucho más monótona, más cotidiana, y el paisaje cambia apenas levemente; lo único distinto será tu rostro frente al espejo y el resto de rostros que te acompañan.

 Vuelve el tiempo real, el tiempo verdadero, el del hombre amarrado al reloj y al silencio.