Exprimo el limón. Sus gotas hacen crujir el hielo y, en su camino, también hacen estremecerse los recuerdos… Aquellos mojitos de la juventud con yerbabuena (no había menta); los cubanitos que, ardiendo, sorbíamos al son de la bachata; las horas ya huidas que, pintadas en el vagón que abandoné al silencio, sigue aún viajando por los raíles de la noche.

Hoy estoy tocado; mi pequeña Olga nos dio un susto de los que hace tambalearse las líneas de los mapas que uno lleva siempre encima, y mi brújula –que extravió el Norte ya hace años- señaló las olas de los versos. Aún no ha encontrado el poema, pero sabe que está ahí, agazapado en su miedo, tiritando, desconfiado, frio, solo.

El primer sorbo me sabe amargo, esta vez el ron (Varadero) no ayudó en nada, pero al final ocupará su lugar y miles de amigos –cientos, diez,… unos cuantos-  me abrazarán sin saberlo. ¡Qué pena tener tan poco tiempo para la vida! ¡Qué risa la última vez que tropecé y caí en la acera!… Por cierto, me saludó una hormiga que aún recuerdo. ¿Qué será de ella?.., probablemente ahora estará durmiendo,  escribiendo en su libro de los sueños.

¡Si ya, hasta las hormigas escriben más que yo! ¡Qué pena!, ¿verdad?

¡Este limón…!

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