Aún hay grillos que cantan, que se resisten a abandonar la vida y buscan las últimas gotas de aliento de un verano que ya no existe, que se ha ido para siempre. Anoche me sorprendió escuchar, junto a mi ventana, el chirriar de uno de ellos. Lentamente, bajé el sonido de la música que me acompañaba y disfruté de su melodía rural, recordando aquella leyenda griega que una vez leí en mi juventud y que aún no he olvidado… 

La bella diosa titánide, Eos, salía de su hogar cada mañana -al borde del océano que rodeaba el mundo- para anunciar a su hermano Helios, el Sol. Uno de los amaneceres, se enamoró perdidamente de un joven mortal que contemplaba el mar, Titono. Eos, para que su amor fuera posible, pidió al dios Zeus que hiciese inmortal a Titono, pero olvidó pedirle la juventud eterna. Titono vivió entonces para siempre, pero a medida que pasó el tiempo, se hizo más y más anciano, volviéndose cada vez más feo y más pequeño, y convirtiéndose finalmente en un grillo.

Dicen que, desde entonces, la bella diosa Eos, llora cada vez que despierta, y sus lágrimas son las gotas del rocío de la mañana. Dicen, además, que Titono se alimenta de ellas y que cuando llega la noche, si le preguntas qué desea, él contesta con un canto triste, un chirriar que entona en latín. “Mori, mori, mori”, declama, que traducido, viene a decir “quiero morir”.

Ha dejado de chirriar. Las nubes taparon por completo la luna y la noche es tremendamente oscura. Quizás tuve la suerte de haber oído el canto del último grillo del año, o quizás mi fortuna fue mayor, y a mis oídos llegaron los lamentos de Titono, que anda ahora en estas tierras, alejándose del mar y de la mirada de su amada.

Mañana habrá rocío, seguro, la diosa vendrá a alimentar, como siempre, el canto de Titono.

 

Nota: En la imagen, Eos representada en un cuadro titulado Aurora (1881), del pintor francés William-Adolphe Bouguereau.

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