Esa hebra de tu  voz que perdiste

en la Ilíada anónima de las hojas en otoño,

ese halo furtivo de sol que apagaste

entre lamentos y risas inhóspitas,

esa palabra y palabra y palabra

que agasajó, a hurtadillas, al silencio,

ese minúsculo intento de vuelo

que terminó abandonado en un bosque

de noche,

esa lámina de pan

que doró los lienzos de tu boca,

esa fatiga

que se durmió en tus labios,

esa noche eterna,

 que encontré herida en mis manos,

 me la quedé para siempre

y aquí la guardo.

 

Ya nada importa desde entonces,

ni tus silbidos, ni tus vocablos,

ni tu risa serena, ni tu mirada;

tan sólo, oculta, sigue la espiga

en su lento germinar

en el campo

que abandonó la vida.

 

Ahora que ya no hablas,

yo te entiendo,

y tú me entiendes,

porque siempre fuimos silencio,

hebra de voz almidonada,

 tinta blanca sobre papel blanco,

aguja que ya no cose

ni sutura

toda las heridas abiertas.