marzo 2011


Todo en la vida es azar y tiempo, y de ninguna de las dos cosas somos los dueños. Tan sólo nos queda –en el primer caso- confiar en la suerte de estar en el sitio adecuado y en el momento concreto, porque lo que tiene que pasar, pasará sin duda (con nosotros o sin nosotros); y en lo segundo, aprovechar cada minuto de nuestra existencia y solicitar una tregua, negociar un aplazamiento del final con quien corresponda,  si es que ese silencio infinito tiene algo que decir al respecto, que me da que no.

Esta tarde, mientras veía el documental “José y Pilar” (que os recomiendo), un zumbido distorsionaba el sonido de la película: dos pequeñas avispas –jugueteando a hacer el amor- habían entrado por la ventana y andaban de un lado a otro de la habitación tropezando con cada libro, con cada mueble, enredadas en las hebras de las cortinas desvencijadas.

Las observé un rato, tratando de averiguar sus intenciones, pero no solicitaban más que tiempo; el preciso para terminar de copular amablemente a los rayos del sol que nos acompañaban. El azar les dio la oportunidad de disfrutar de ese instante y no desaprovecharon su tiempo. Probablemente no volverán a verse nunca más y será, para ellas, un idilio olvidado.

Tan sólo yo, testigo fortuito de este encuentro, retengo en mi memoria esos besos avispados y los aleteos buscando la salida al terminar, huyendo de mi guarida sin apenas despedirse. Fueron el  tiempo y el azar, los que convirtieron ese breve minuto de sus vidas en este texto que ahora os cuento, y que no tiene ninguna importancia.., pero, ¿qué hacemos entonces aquí si no, nosotros, los que buscamos que nuestros sueños tengan, al menos, una existencia literaria?

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Estoy en uno de esos días -de esos instantes- en que parece que me despido del mundo… Ya sé que no, que mañana estaré aquí, como otros tantos días -eso espero- pero, a veces, la mente parece jugar a las despedidas e imagina cómo sería el hoy si hoy fuera el último día.

Probablemente saborearía los segundos como granos de chocolate, daría abrazos interminables, lloraría, escribiría versos atropellados, bebería, haría el amor sin prisa, sin pausa, haría llamadas, caricias, emails -todos-, recordaría, escucharía el pregón de mis sueños, buscaría la bandera con la que quiero que me quemen, elegiría una canción, un poema, un libro, una camisa, mi cuero…

Todo esto que aquí os cuento, no es más que un invento de la tarde que, agazapada, me deparó horas de cansancio y un café en vaso, como a la antigua. Ahora guardaré mi libreta, pagaré un euro diez al camarero, cerraré los ojos unos instantes al enfrentarme al sol y seguiré mi viaje hacia ninguna parte, como mandan los cánones de la comedia, o de la huida.