Estoy en uno de esos días -de esos instantes- en que parece que me despido del mundo… Ya sé que no, que mañana estaré aquí, como otros tantos días -eso espero- pero, a veces, la mente parece jugar a las despedidas e imagina cómo sería el hoy si hoy fuera el último día.

Probablemente saborearía los segundos como granos de chocolate, daría abrazos interminables, lloraría, escribiría versos atropellados, bebería, haría el amor sin prisa, sin pausa, haría llamadas, caricias, emails -todos-, recordaría, escucharía el pregón de mis sueños, buscaría la bandera con la que quiero que me quemen, elegiría una canción, un poema, un libro, una camisa, mi cuero…

Todo esto que aquí os cuento, no es más que un invento de la tarde que, agazapada, me deparó horas de cansancio y un café en vaso, como a la antigua. Ahora guardaré mi libreta, pagaré un euro diez al camarero, cerraré los ojos unos instantes al enfrentarme al sol y seguiré mi viaje hacia ninguna parte, como mandan los cánones de la comedia, o de la huida.


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