junio 2011


Tonos rosas:

la saliva se divierte

pintando hebras de sangre.

No pude evitar

morder tus labios

como una fruta fresca,

madura, irresistible.

Hoy -esta noche, ahora que vuelvo- giro la cabeza a ese pequeño rincón de mi casa que, a veces, habito y, otras, desalojo de espantos; que rompo con el aire del levante, que aireo a bocanadas de suspiros,  o  descorro las cortinas para que entre el sol y alimente las semillas de la noche, y pido al dios de las flores que crezcan jazmines de risa en los tiestos del verso.

Hoy –en este instante- solayo la palabra, y abro la puerta a halos de esperanza que, a dentelladas, me visita y urga en los lazos que desmenuza breves muecas de felicidad inesperada. Trato de recordar qué ha provocado este instante, de revivir –de rebeber- ese elixir que embriaga los ojos, y lo único que recuerdo es la entrañable imagen de Clara decorando con rotuladores un cojín desvencijado, a Olga persiguiendo un pez de plástico con un vaso de papel hasta alcanzarlo, y a mi mujer, María Jesús, posando tres galletas de canela sobre una servilleta –blanca como la nieve- y ofreciédomelas como un tesoro inigualable, como lo es su risa. Yo –al igual que vosotros- me pregunto cada mañana en qué consiste esto de la vida, y a cada paso descubro que es sólo un color, un trazo en un único lienzo: el de tu experiencia. Visto desde el universo, desde la más lejanas de las estrellas, nadie presta atención a él, pero así, de cerca, desde la mirada de quienes les importas, es el trazo mágico que lo llena todo, que remata la obra de tu existencia, de la que, probablemente, siempre desconoceremos el autor.

Abro la ventana y respiro, y pienso: otro día más regalado. Otro color para el recuerdo.

        

La noche,

y su silencio,

y su incertidumbre,

y su misterio,

son, a tu lado,

aromas de jazmines negros.