Hoy he vuelto a mi blog como si fuera un extraño, alguien de paso que se asoma a la ventana de una vieja casa, abandonada hace meses.  Las sábanas cubren los muebles y un halo leve de polvo pulula sobre las lámparas y los papeles de la mesa. He encontrado las llaves, después de hurgar en los bolsillos del silencio, y he abierto la puerta pensando que ya era hora de hacerme una visita. Yo no estaba allí, no vivía en aquel lugar desde hacía tiempo y se notaba. Anduve de cuarto en cuarto repasándolo todo, debatiéndome entre el miedo a perderme y la indiferencia, como si todo aquel legado ya no fuera mío sino de otros. Y al final, sentado en el sillón que nunca tuve, abro una botella de Perpignan y, a sorbos, decido que aún no he muerto, que tengo unas terribles ganas de respirar.

Cosas que pasan un domingo cualquiera.