abril 2012


Al despertar,

dormida aún la mano

en el cálido aliento de la siesta,

se funde tu imagen lentamente,

sin créditos, ni un final,

ni el cegador encendido de luces;

y abandono la sala

– que leo “Morfeo” –

mirando atrás, con la sensación

de que no ha acabado la escena

donde yo te sueño y tú despiertas.

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Temblar

como cuerdas de cítara

rasgadas por la mano del tiempo.

Buscar a tientas el interruptor

que ilumina la estancia

y no encontrar más que la cenefa interminable y la piedra.

Llorar como un niño que ve alejarse hacia las nubes

ese globo recién comprado.

Atisbar cómo llega la sombra

y se apodera de la incertidumbre,

y todo es una noche

sin luna y sin estrellas.