Temblar

como cuerdas de cítara

rasgadas por la mano del tiempo.

Buscar a tientas el interruptor

que ilumina la estancia

y no encontrar más que la cenefa interminable y la piedra.

Llorar como un niño que ve alejarse hacia las nubes

ese globo recién comprado.

Atisbar cómo llega la sombra

y se apodera de la incertidumbre,

y todo es una noche

sin luna y sin estrellas.

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