Al despertar,

dormida aún la mano

en el cálido aliento de la siesta,

se funde tu imagen lentamente,

sin créditos, ni un final,

ni el cegador encendido de luces;

y abandono la sala

– que leo “Morfeo” –

mirando atrás, con la sensación

de que no ha acabado la escena

donde yo te sueño y tú despiertas.

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