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Hay historias que no deben quedar en el olvido, o al menos no reposar sólo en la memoria de los pocos que han tenido la fortuna de vivirlas, o de sufrirlas, según en qué lado estés en cada caso; la del Moro, es una de ellas.

Hace unos días, estaba tomando una cerveza con mi amigo Carlos en la puerta del bar de mi barrio -lugar que merece tratamiento aparte y que ya escribiré en su momento-, cuando salió un hombre de unos sesenta años, o algunos más, corpulento, pelo blanco pero robusto. Dio una pequeña cambayá al bajar el escalón, y saludó a su paso a mi amigo Carlos.

– ¡Carlos!

– Adiós, Moro.

Cuando se aleja, mi amigo, cerveza y cigarro en mano, me comenta:

– ¿Conoces al Moro?

– No, no tengo el gusto – le contesto.

– Pues ese hombre se ha muerto tres veces.

– Jajaja, ¡anda ya, Carlos, déjate de historias!

– Quillo, que es verdad. Pregúntale a David – Se gira hacia el camarero y le pregunta:- ¡David!, ¿cuántas veces se ha muerto el Moro?

– Yo tengo contadas tres – responde el camarero.

– Pero ¿cómo que tres…? –pregunto, ahora yo, con cierta curiosidad.

David, entonces, decide descansar un poco de la barra, enciende un cigarrillo y se sale a la puerta con nosotros, y comienza a narrarnos…

– La primera vez fue la más impactante. Llegó un cliente, y amigo común, con la noticia: “El Moro se ha muerto, me lo acaban de decir. Se le veía venir, el muy cabrón, sólo bebía whisky y del peleón, ni cerveza, ni tinto, ni zumo, ni refrescos…, pelotazo de whisky y dale que te pego”.

– Todo fue irse el cliente, y el Moro aparece por la puerta. Yo me quedé blanco –prosigue David- y el Moro, al verme, me pregunta:

– ¿Estás bien, David?

– Sí, ¿tú no estabas muerto?

– ¿Yo, cojones?… ¿pues no me ves aquí? Anda, ponme un whisquito para terminar de resucitar.

– Y se fue tan pancho, y sin darle más importancia al asunto.

Da un par de caladas, mientras Carlos y yo no dejamos de reírnos, y continúa con su historia.

– La segunda vez, lo mismo, pero más increíble todavía. A los dos años, más o menos, una tarde llega otro cliente y me dice:

– Ponme una copa, anda, que vengo del Tanatorio.

– ¿Quién se ha muerto?, le pregunté.

– El Moro, pobrecillo.

– Vaya hombre, ya tuvo un amago hace unos años -le comenté yo-

– ¡Ah!, pues no lo sabía. Bueno, que en paz descanse. ¡Por el Moro! – y brindó sólo.

– Al decirme que venía del Tanatorio, no dudé de la noticia, así que cogí el teléfono y llamé al hijo, que vive en Canarias…

– Antonio.

– ¡Dime, David!

– Siento mucho lo de tu padre.

– ¿Qué le ha pasado a mi padre?

– Que ha muerto, ¿no?

– ¿Mi padre? Pues habrá sido ahora mismo, porque acabo de colgar de hablar con él y estaba en Blanco y Cerrillo tomando una tapa de boquerones. ¡Joder, no me asustes! Espera y te llamo ahora…

– Al rato, me suena el móvil…

– ¡David!

– ¡Dime, Antonio!

– Mi padre dice que no se ha muerto que va ya por la segunda tapa de boquerones, y que se caga en los muertos de todos los muertos del que ha dicho que está muerto.

– Vale, Antonio, perdona hijo. Me alegro que sea así. Un abrazo.

A partir de ese día, David nos dice que decidió no creerse nada de nadie, por muy real que pareciera, al menos a ese lado de la barra. Y, efectivamente, a los meses, volvió a ocurrir… Nos cuenta que un cliente leyendo el periódico, llega a las esquelas, y espeta.

– Antonio Rodriguez Prieto. ¡Coño, el Moro!

– ¿Seguro? – le dice David –

– Segurísimo, Antonio Rodríguez Prieto, míralo, 63 años de edad, casado y con un hijo. ¡Vaya por Dios!, si es que se veía venir. Voy a preguntar por ahí a ver a qué hora es el entierro – paga y se va marchando del bar-

– Bueno, vale, si te enteras de algo, me lo dices – le dice David, antes de que salga-

Acto seguido, tras marcharse el cliente, el Moro por la puerta. David, blanco de nuevo, y el Moro, al verlo, le dice:

– ¡Qué! Ya me han matado otra vez, ¿no? ¡Me cago en los muertos del que sea! Anda, David, ponme un whisky y a éste me invitas tú, que los muertos no pagan. Y te voy a decir una cosa: toma mi número de móvil, para que me avises la próxima vez que me muera. Y si ves que no lo cojo, entonces es que es verdad.

Reímos los tres. David volvió a la barra y entonces fue cuando le dije a Carlos: “Esta historia déjame que la escriba yo”.

Aún sueño con tus ojos 1

 

 

Aún soñamos con tus ojos tremendamente abiertos, queriendo descubrir el mundo mucho antes de que llegaran nuestros labios a tu carita recién nacida. Bajo la lamparilla de calor de la misma sala donde naciste, creímos adivinar tu primera sonrisa y esa imagen se quedó con nosotros para siempre. Hoy, que cumples diez años, queremos darte el mismo beso de aquel día, en los mismos ojos que aún nos enamoran a cada mirada.

 Aún sueño con tus ojos 2

 

Feliz cumpleaños, princesa, que sea el día más feliz de tu vida, y también mañana, y el otro, y el otro… ¡Te queremos tanto!.

hace-un-ano

Asomaste tu carilla asustada por entre los lomos más perfectos del mundo.

Me miraste y lloraste al instante;

así llegaste al mundo.

Tus ojillos de cristal ya decían que serías feliz para siempre…

Y ahora, hoy, que hace un año que naciste,

cambiaste el llanto por la sonrisa

y me recuerdas que la vida es bella,

ya verás…

 

Feliz Cumpleaños, pequeña.

  

feliz-cumpleanos

Sé que hoy tampoco leerás este blog, pero no me importa. Así no descubrirás este regalo secreto de cumpleaños.

 Sé que el tiempo cotidiano nos impide muchas cosas

pero el abrazo necesario no tiene reloj posible,

ni silencios que lo impidan.

 

FELIZ CUMPLEAÑOS

El otro día, una de las personas que más quiero del mundo, me dijo que mi blog era desgarrador. Me veo en la obligación de poner este video para desmentir tal afirmación. Aunque no sé que es peor…

Aún tengo su e-mail sin responder en la bandeja de entrada del ordenador. Fue de hace unos días, el 13 de agosto, cuando me anunciaba su visita a Sevilla, y me invitaba a vernos como siempre con toda la familia. El azar hizo que no pudiera atender esta vez su invitación; yo andaba en las playas de Huelva intentando refrescar mi memoria y  ordenando algunos alijos del alma que andan aún desordenados. Venía cada dos años desde el Camerún a recaudar fondos y preparar las valijas que le ayudarían a seguir avanzando en sus proyectos de ayudar a los que nada tienen, creando escuelas, talleres de carpintería y enseñándoles a encontrar agua potable bajo la tierra y excavar pozos de ladrillo elaborados por ellos mismos. Cuando nos veíamos, compartíamos sus mapas, sus carpetas repletas de papeles y un sinfín de fotos de aquel lugar perdido en la selva, donde estuvo a punto de perder la vida un par de veces por culpa de la malaria. Nuestra amistad comenzó el día que mi mujer y yo decidimos casarnos. Pasamos por la puerta de su iglesia, entramos, algo asustadizos, y nos atendió con una sonrisa enorme y un cariño que no era común entre desconocidos. Al tiempo visitó nuestra casa, conoció a mis hijas, y en su última visita nos regaló una estatuilla de madera elaborada en el Camerún por algunos de sus alumnos, que ahora tengo entre mis manos. Esta mañana hemos leído su nombre entre las víctimas del accidente de aviación ocurrido en Barajas el pasado día 20. Se nos ha caído el mundo encima. He maldecido mil veces no haber leído su e-mail unos días antes, pero como dice mi mujer, no nos apenas no haberlo visto esta vez sino que no lo veremos nunca más. Que en paz descanse este buen hombre ejemplo de lo que es ser realmente humano.

 

 Ya está en casa la pequeña Olga,

¡con más fuerza que nunca!

y una sonrisa de oreja a oreja.

 

 Gracias a todos los que os habéis acordado de ella.

Vuestros deseos han sido medicina y aliento.

 

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