Hoy he vuelto a mi blog como si fuera un extraño, alguien de paso que se asoma a la ventana de una vieja casa, abandonada hace meses.  Las sábanas cubren los muebles y un halo leve de polvo pulula sobre las lámparas y los papeles de la mesa. He encontrado las llaves, después de hurgar en los bolsillos del silencio, y he abierto la puerta pensando que ya era hora de hacerme una visita. Yo no estaba allí, no vivía en aquel lugar desde hacía tiempo y se notaba. Anduve de cuarto en cuarto repasándolo todo, debatiéndome entre el miedo a perderme y la indiferencia, como si todo aquel legado ya no fuera mío sino de otros. Y al final, sentado en el sillón que nunca tuve, abro una botella de Perpignan y, a sorbos, decido que aún no he muerto, que tengo unas terribles ganas de respirar.

Cosas que pasan un domingo cualquiera.

 

Todavía

huelen mis manos

a jabón de albahaca.

Tantas horas

dejaron rastros, huellas,

señales imborrables

que ya me incriminan

para siempre,

que podrías utilizar contra mí

si alguna vez negara

que te he tenido.

 

Pero eso

no pasará,

mis dedos son

hierros que marcan

estelas de esa flor

a cada lado de la piel,

inevitablemente.

 

No digo que no rompas

el orden del ocaso,

que no arranques la luna

de su sitio

y la enfrentes al sol

hasta que se rinda.

 

No digo que no enciendas

la noche

y vigiles su silencio;

lo único que pido

es que dejes para mí

el último instante.

 

Llévame contigo,

-llévame ahora-

llévame a donde sea

calina y viento del sur,

mi aliento.

 

Llévame

a las horas deshiladas de la noche,

y viérteme al mar

en las olas de luna blanca.

 

Llévame entonces

a donde no quede

nada de mí

y luego

duerma y respire

para siempre a tu lado.

 

Llévame y así

seré todo el destino

un ir y venir

sin remedio.

Tonos rosas:

la saliva se divierte

pintando hebras de sangre.

No pude evitar

morder tus labios

como una fruta fresca,

madura, irresistible.

Hoy -esta noche, ahora que vuelvo- giro la cabeza a ese pequeño rincón de mi casa que, a veces, habito y, otras, desalojo de espantos; que rompo con el aire del levante, que aireo a bocanadas de suspiros,  o  descorro las cortinas para que entre el sol y alimente las semillas de la noche, y pido al dios de las flores que crezcan jazmines de risa en los tiestos del verso.

Hoy –en este instante- solayo la palabra, y abro la puerta a halos de esperanza que, a dentelladas, me visita y urga en los lazos que desmenuza breves muecas de felicidad inesperada. Trato de recordar qué ha provocado este instante, de revivir –de rebeber- ese elixir que embriaga los ojos, y lo único que recuerdo es la entrañable imagen de Clara decorando con rotuladores un cojín desvencijado, a Olga persiguiendo un pez de plástico con un vaso de papel hasta alcanzarlo, y a mi mujer, María Jesús, posando tres galletas de canela sobre una servilleta –blanca como la nieve- y ofreciédomelas como un tesoro inigualable, como lo es su risa. Yo –al igual que vosotros- me pregunto cada mañana en qué consiste esto de la vida, y a cada paso descubro que es sólo un color, un trazo en un único lienzo: el de tu experiencia. Visto desde el universo, desde la más lejanas de las estrellas, nadie presta atención a él, pero así, de cerca, desde la mirada de quienes les importas, es el trazo mágico que lo llena todo, que remata la obra de tu existencia, de la que, probablemente, siempre desconoceremos el autor.

Abro la ventana y respiro, y pienso: otro día más regalado. Otro color para el recuerdo.

        

La noche,

y su silencio,

y su incertidumbre,

y su misterio,

son, a tu lado,

aromas de jazmines negros.