Mi primer poemario.

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Al despertar,

dormida aún la mano

en el cálido aliento de la siesta,

se funde tu imagen lentamente,

sin créditos, ni un final,

ni el cegador encendido de luces;

y abandono la sala

– que leo “Morfeo” –

mirando atrás, con la sensación

de que no ha acabado la escena

donde yo te sueño y tú despiertas.

Temblar

como cuerdas de cítara

rasgadas por la mano del tiempo.

Buscar a tientas el interruptor

que ilumina la estancia

y no encontrar más que la cenefa interminable y la piedra.

Llorar como un niño que ve alejarse hacia las nubes

ese globo recién comprado.

Atisbar cómo llega la sombra

y se apodera de la incertidumbre,

y todo es una noche

sin luna y sin estrellas.

Dejaste la pared

repleta de recuerdos:

fotos, cartas, postales,

palabras prendidas

en hilos de lana,

y un póster de Steve Mcqueen

huyendo en una moto.

Z

Tan sólo te llevaste

las nubes de algodón,

y un post-it

donde, alguna vez, escribí

te quiero.

 

Todavía

huelen mis manos

a jabón de albahaca.

Tantas horas

dejaron rastros, huellas,

señales imborrables

que ya me incriminan

para siempre,

que podrías utilizar contra mí

si alguna vez negara

que te he tenido.

 

Pero eso

no pasará,

mis dedos son

hierros que marcan

estelas de esa flor

a cada lado de la piel,

inevitablemente.

 

No digo que no rompas

el orden del ocaso,

que no arranques la luna

de su sitio

y la enfrentes al sol

hasta que se rinda.

 

No digo que no enciendas

la noche

y vigiles su silencio;

lo único que pido

es que dejes para mí

el último instante.

 

Llévame contigo,

-llévame ahora-

llévame a donde sea

calina y viento del sur,

mi aliento.

 

Llévame

a las horas deshiladas de la noche,

y viérteme al mar

en las olas de luna blanca.

 

Llévame entonces

a donde no quede

nada de mí

y luego

duerma y respire

para siempre a tu lado.

 

Llévame y así

seré todo el destino

un ir y venir

sin remedio.